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El INTI creó una máquina que facilita el trabajo de más de 400 artesanas formoseñas

“El gran avance con la máquina es que en cinco minutos se obtiene la fibra, cuando de manera manual este mismo proceso le lleva a las mujeres una o dos semanas”.

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En la localidad de El Potrillo, en el departamento de Ramón Lista de la provincia de Formosa, la elaboración de artesanías basada en fibras de cháguar es una marca tan registrada como arraigada a la cultura local de las mujeres de la comunidad originaria wichí.

Segùn indicó el INTA,  en esta región árida, ubicada a 50 kilómetros del límite con la provincia de Salta, unas 450 artesanas conforman la organización de Siwan’i (arañita) que teje su tela en las plantas de cháguar, en lengua originaria. Ellas, como lo hacían sus madres y antes sus abuelas, recorren un promedio de 50 kilómetros para encontrarse con las plantaciones de cháguar, una planta que crece naturalmente de manera desordenada en los montes. De estas plantas extraen la fibra, materia prima fundamental para la confección de bolsos, ponchos, ropa, redes y sogas de gran calidad y buen gusto.

En pos de simplificar el trabajo de las mujeres que viajan muchas veces con sus hijos, igualar las condiciones y disminuir la penosidad de las tareas, nació un proyecto especial ProHuerta impulsado por la Agencia de Extensión Rural de General Mosconi del INTA, que tiene como objetivo asesorar a las mujeres en la implantación de cercos peridomésticos de cháguar en su propia comunidad, en los alrededores de sus hogares.

La relación entre la cultura wichí y el cháguar se arrastra desde tiempos inmemoriales. Y es compleja por las distancias que deben recorrer las mujeres hasta llegar a los montes que se ubican geográficamente en zonas cada vez más alejadas e inaccesibles, donde llegar implica además lastimarse con las espinas y acampar para su cosecha. Todo tipo de transporte se vuelve utilizable, desde una moto hasta camiones alquilados, sin dejar de lado que muchas llegan a los montes caminando, lo que termina afectando directamente en su rentabilidad y marginando a aquellas que no pueden viajar o estar fuera de su casa por cinco días.

“Buscamos disminuir las horas de trabajo de las mujeres y mejorar sus condiciones de vida, sin alterar su cultura original y su relación ancestral con el ambiente”, contó la responsable de la agencia, Virginia Bianco. El planteo es que, en el mediano plazo, sean las mismas mujeres las que armen los cercos en sus hogares, a partir de otras plantas madres.

La domesticación del cháguar vino de la mano de un trabajo en paralelo de parte de técnicos locales del INTA para reconocer el verdadero ADN de la planta. Para eso se desarrolló una plantación de cháguar en la Estación Experimental Agropecuaria Ingeniero Juárez del INTA con el objetivo de analizar las condiciones biológicas desde su poda y sus rindes hasta la tasa reproductiva. “Del cháguar se conoce todo, pero a la vez, al ser una planta que siempre creció naturalmente, se sabía poco sobre en qué lugares es conveniente plantarla, cómo regarla o cómo reacciona al sol o a la sombra”, explicó la extensionista del INTA María Inés Cavallero, de profesión bióloga, encargada de analizar a esta especie tan representativa de la región.

Según indicó el INTA, el asesoramiento, la inserción laboral de estas artesanas con un trabajo que sea rentable y la capacitación del INTA se complementó con la incorporación de una máquina desfibradora, diseñada y pensada técnicamente por el Instituto Nacional de Tecnologia Industrial para las necesidades de las mujeres y su proceso de obtención de la fibra.

La máquina, desarrollada por ingenieros del INTI y un mecánico metalúrgico, no es la única en funcionamiento en la zona norte de la Argentina, pero es la segunda que está en manos de una asociación de artesanas indígenas.

“El gran avance con la máquina es que en cinco minutos se obtiene la fibra, cuando de manera manual este mismo proceso le lleva a las mujeres una o dos semanas”, resaltó Bianco. Durante este segundo semestre, los extensionistas comenzaron con la capacitación para el uso de la máquina, que continuará a lo largo de 2018 con el objetivo de que sean las mismas mujeres las que lleven a cabo el trabajo y se organicen para optimizar los tiempos.

“Es un proceso largo que estamos desarrollando que, si bien tiene cambio de hábitos incluidos, como institución no pretendemos modificar nada de lo que conforma a la cultura wichí, sino aliviar la labor evitándoles hacer la parte más dura y fea del trabajo como es el desfibrado manual”, explicó. “La máquina es fantástica, porque además la cosecha de forma manual termina matando a la planta y, con este nuevo mecanismo, las hojas se pelan mecánicamente”, contó Cavallero.

La domesticación del cháguar vino de la mano de un trabajo en paralelo de parte de técnicos locales del INTA para reconocer el verdadero ADN de la planta.

En la conformación de esta asociación que tiene al INTA como motor de empuje, otro aporte importante lo brinda la Fundación Niwok, que con sede en Capital Federal se encarga de atar a los distintos eslabones que engloban a la comercialización como las artesanas, la asociación Siwan’i, los productos y los potenciales clientes. Bajo una modalidad de “comercio justo” donde las mismas artesanas fijan el precio de sus artesanías según el trabajo y la materia prima que conlleve, el esfuerzo de Niwok se vuelca en “poner en vidriera” las piezas tanto sea en un local en el barrio porteño de Palermo como participando en ferias de todo el país y del exterior.

“Nuestro foco es la comercialización. Para eso nos reunimos con las artesanas, coordinamos la recepción de las artesanías, fijamos precios acordes y realizamos controles de calidad de los productos. Es decir, trabajamos en empoderar a las mujeres artesanas y en fortalecer los grupos”, expresó Micaela Martínez, encargada del desarrollo territorial de la Fundación Niwok. Ella se relaciona habitualmente con las artesanas.

Los esfuerzos de la ONG también direccionan sus sentidos en concientizar a los clientes, poniendo en valor cada producto, explicando sus orígenes, contextualizando de donde provienen y el peso cultural que se esconde en cada hilo, textura y color.

La fórmula es, por lo tanto, que las artesanas mejoren su calidad de vida diaria, elaboren sus producciones en condiciones óptimas y trabajen pensando en una venta con precios estipulados que respeten el esfuerzo que hay detrás de cada producto.

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