Ya en el baño del hotel Alvear, donde se aprestaba a exponer ante lo que él llama con cierto desprecio el “círculo rojo”, Mauricio Macri se topó con la pregunta más obvia de ese entorno: “¿Es posible un acuerdo con Sergio Massa?”. La respuesta fue acorde con el lugar, a las apuradas e idéntica a lo que insinuaría en el discurso: “Tal vez en un ballottage”.
Pero no era ése el concepto con que el candidato de Cambiemos pretendía sorprender ayer, en el almuerzo del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp), sino con algo más controvertido: si gana las elecciones, dijo, tanto el presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, como la procuradora Alejandra Gils Carbó deberían renunciar a su cargo.
Recibió un aplauso. Hasta ese momento, los 437 asistentes se habían encontrado con definiciones predecibles. Por ejemplo, cuando Macri arrancó cuestionando las inundaciones, planteó volver a un país federal o insistió en que “la madre del atraso cambiario es la inflación”. La Argentina del coaching: todo discurso premeditado entra en su fase interesante sólo si media una pregunta desestabilizadora. Y eso ocurrió después del postre, durante los diez minutos que el candidato les dedicó a las inquietudes del auditorio, cuando se le planteó por escrito cómo conviviría con aquellos funcionarios que heredaría del kirchnerismo. “El presidente del Banco Central tendría que tener la dignidad de presentar su renuncia porque no reúne los requisitos profesionales para ese cargo. Es un militante. Lo mismo que la procuradora Gils Carbó”, contestó. Dijo que recurriría a la “presión de la opinión pública” y a “instrumentos del Congreso”.
Fue la primera explosión de una platea que, aunque no había acompañado esta vez con el murmullo con que venía de reprobar hacía un mes a Axel Kicillof, mantiene desde hace tiempo una relación ambivalente con el candidato: coincide en los conceptos, pero no termina de aprobarlo como político. Pero Macri había llegado menos distante que otras veces. “Espero que Héctor no siga siendo un fighter”, bromeó ante Héctor Méndez, líder de la UIA, en un breve encuentro previo que tuvo con varios empresarios y tres embajadores.
Después habló cómodo y de muchos temas. “¿Va a haber que devaluar?”, le preguntó LA NACION cuando Macri se sentó a la mesa con los periodistas. “Lo va a determinar el mercado. Quién te dice que cuando asumamos nos tengan tanta confianza que nos pase como a Brasil a principios de esta década y el peso se revalúe”, dijo. Ya en el atril lo llevaron a explayarse sobre la corrupción.
“El narcotráfico ya entró y se explica por los niveles de corrupción del país. Si hubiésemos aceptado las alertas de Colombia no habría pasado esto. Me lo dijo el propio Uribe: los narcos se venían a instalar en un lugar que se llamaba, dijo él, Delta algo.” Sobre Sergio Massa, atenuó: “Hablamos con todos. Pero las PASO son el primer tiempo de un partido que se está jugando. No se puede cambiar el equipo ahora”.
Lo escuchaban, entre otros, Adrián Werthein, Eduardo Eurnekian, Jorge Brito, Alberto Grimoldi, Alejandro y Enrique Duhau, Jorge y Germán Neuss, Jorge Sánchez Córdova, Santiago Soldati, Luis Etchevehere, Carlos de la Vega, Adelmo Gabbi, Guillermo Nielsen y Enrique Nosiglia. Público nada sencillo: siempre han sobrevolado recelos desde ambos lados. Mientras Macri repite que el establishment necesita renovarse y desestimar las prebendas, en las empresas no lo independizan todavía de esa patria contratista donde ubican a su padre. Imposible saber si las elecciones taparán la vieja incomodidad mutua.
Mediante un comunicado, Vanoli rechazó los dichos de Macri sobre su eventual renuncia. “Se trata de un planteo que niega el adecuado funcionamiento de las instituciones por parte de alguien que dice defenderlas”, cuestionó. “Se trata de una amenaza inadmisible. La sociedad ya se expresó a través del Senado, que otorgó su acuerdo para la designación de las autoridades del BCRA”, agregó.

