En la Cuenca del Salado el manejo de ambientes es la llave que permite intensificar la producción ganadera. Es el caso de San Miguel, un establecimiento de 2.450 hectáreas ubicado en General Guido, que en un período de dos años, y con un pasaje de campo natural a pasturas permanentes, quintuplicó la producción de carne y elevó sus márgenes de rentabilidad.
De estas 2.450 hectáreas, 1.800 están volcadas a la cría, con base en un sistema pastoril sobre campo.
Hasta el 2008, los números productivos eran los habituales en esa zona de la provincia de Buenos Aires: con una producción de materia seca de 2-4.000 kg/ha/año, la producción de carne anual se ubicaba sobre los 110 kg/ha, una carga de 0,5 EV/ha y un margen neto de u$s/ha 30-40. En el resto de la superficie se cultiva trigo, soja y maíz.
Con una estrategia de manejo que permitió desembocar en una producción de materia seca superior a los 8.000 kg/ha/año, en la actualidad las cifras productivas son bien diferentes. La materia seca creció a más de 8.000 kg/ha/año, se quintuplicó la producción de carne, con una carga de 2 EV/ha y los márgenes (con mejores precios desde finales de 2009) son de u$s/ha 200.
Francisco García Mansilla, administrador de San Miguel, recuerda sus primeros pasos. ‘En 1982, el establecimiento contaba con 7.000 lanares y vacas de cría. Hoy hace agricultura, pasturas de invernada y estamos analizando un proyecto de tambo’, explicó.
El primer diagnóstico en San Miguel no era el más alentador. El planteo productivo en campo natural se caracterizaba por una baja productividad en forraje, y un manejo del agua en otoño-invierno. De esta manera, la pérdida de especies estivales traía como consecuencia un período acotado de producción, con pérdida de especies y problemas de persistencia.
¿Qué cambió en este período? Con un régimen de precipitaciones anuales que oscila entre los 900-1.300 mm, la producción anual promedio de MS (3.700 kg/ha) permitía elaborar cerca de 262 raciones. La variable a cambiar radicaba en la mejora de la relación lluvia-MS. ‘Si esta relación es casi 10/1, un promedio de 1.000 mm/año nos permitiría una producción de hasta 10.000 kg/ha de MS. ¿Cómo hace un criador para mejorar el sistema, si con 700 mm produce 260 raciones y con 1.300 llega a las 290?’, analizó el administrador.
Con 900 mm anuales, la producción de MS en San Miguel promediaba los 3.000 kg/ha. ‘Sobraban 600 mm al año, subían las napas y las sales, y la producción de pasto no crecía. La diferencia es la tecnología, en forma paulatina fuimos modificando el ambiente’, destacó.
De un promedio de 3.700 kg de MS, en estas 600 hectáreas la producción superó los 8.000 kg/ha. ‘Con el mismo nivel de precipitaciones, el flujo positivo de agua ahora es negativo. De ese modo, estamos deprimiendo napas y bajando el nivel de sales en el suelo’, explicó Mansilla.
En 2001, luego de la crisis y una inundación que afectó a gran parte de San Miguel, el administrador explicó que trazaron como objetivo reconvertir los bajos, para poder apreciar su verdadero potencial productivo. ‘Las pasturas en la Cuenca del Salado son un desafío’, sostuvo.
La incorporación de tecnología mencionada por Mansilla, que permitió el paso de campo natural a pasturas con base festuca, trébol blanco y rojo, entre otras, comenzó en 2008.
En ese momento, tomaron como base 600 ha de las 1.800 dedicadas a ganadería, y comenzaron -luego de un exhaustivo trabajo previo de análisis y monitoreo que se inició en 2004- un proceso articulado en cinco etapas. Esta labor fue en conjunto con el semillero Gentos: definición de ambientes, elección de especies forrajeras, implantación, manejo de cosecha y fertilización.
En el caso de la elección de los antecesores-barbechos, Joaquín Bonorino, de Gentos, explicó que se definió la importancia de llevar a cabo una secuencia de rotación para lograr un adecuado control de malezas del suelo. ‘Las mayores dificultades radicaron en pasar de un campo natural degradado a una pastura de alta producción’, señaló.
En cobertura, el manejo de esta variable permitió elevar el porcentaje de implantación de praderas de 13 a 20%, de la mano de un planteo eficiente en coberturas de suelo y barbechos. La siembra de pasturas fue un concepto fundamental.
En el caso de festuca, la fecha tradicional de siembra (sobre finales de abril) se cambió a la primera quincena de marzo. ‘Por cada día de demora en la siembra, se dejan de producir 75 kg de MS’, afirmó Bonorino.
El principal impacto de esta estrategia, que permitió a un campo ‘pelo de chancho’ convertirse en una auténtica fábrica de pasto, es el aumento de producción a más de 8 toneladas de MS/ha.
El incremento en el margen neto de la actividad permite una proyección más competitiva, y, sobre todo, un cambio en la actividad, pasando de la cría neta a la posibilidad de retener terneros para llevar a cabo su recría e invernada.
‘Este esquema brinda la posibilidad de explorar nuevos rumbos, mediante negocios de capitalización, como el engorde de hacienda de terceros’, señaló el administrador.
De la mano de este manejo eficiente, la producción de carne experimentó un gran salto cuantitativo. Y el potencial productivo sigue buscando su techo.
‘Dentro del módulo tecnológico, en una superficie de 20 ha, se han medido potenciales de producción que llegaron a los 855 kilos de carne’, señaló Mansilla.
Artículo publicado en la edición de hoy de Infocampo Semanario

