Cuando Daniel Bartolucci compró el campo que hoy es Mistol Ancho, en el semiárido del noroeste, en Catamarca, no había un solo equipo de riego instalado en toda la región.
Pero algo le llamó la atención: cerca de un río que solo llevaba agua en verano, crecía vegetación que no correspondía a la zona. No había algarrobas ni móstoles ni chañares ni quebrachos; había paraísos. Fue en el año 1989.
Esa señal, ese olfato, lo llevó a instalar hacia 1992 el primer equipo de riego del semiárido del norte argentino. Y lo hizo 100% a prueba y error, porque fue 100% pionero: no había a quién consultarle.
“No había conocimiento, todo fue hecho a prueba y error”, relató a Infocampo sobre esos primeros años.
No hace falta aclarar que esa zona del noroeste argentino, al pie de los Andes, es muy seca, con lluvias en general escasas en cualquier año y bajo cualquier fenómeno atmosférico.

Uno de los equipos Valley que tiene Bartolucci instalado en Mistol Ancho
PIONERO EN EL RIEGO Y APLICADO A PASTURAS
Tardó poco más de una década en comprar su segundo equipo mientras pagaba lo que él llama “derecho de piso”: errores de manejo de la tecnología de riego que nada tenían que ver con los pivotes, que en su gran mayoría son de la firma líder a nivel mundial Valley, sino con no saber usarlos.
El ingenio que lo hizo pionero en los 90 es el mismo que hoy aplica para exprimir al máximo sus equipos. El ingeniero zootecnista notó que, entre roturas, aplicaciones, siembras y otras tareas que obligan a detener los pivotes, terminaba usando apenas el 60 o 66% del tiempo disponible de riego.
“Cuando sacás el tiempo real de uso, te das cuenta que desperdiciaste el 30% del tiempo utilizable”, explicó.
En vez de resignar esa capacidad ociosa, decidió aprovecharla: en las horas en que sus pozos no se usan, extrae agua con energía solar —a costo cero— y la acumula en una represa de 70 millones de litros, cubierta con geomembrana para que no se filtre.
“Guardamos energía en forma de agua, porque nuestro producto final es el agua”, resumió.

Daniel Bartolucci: “Tardé 11 años en comprar el segundo equipo para pagar todos los errores que cometí”
Con esa reserva alimenta dos equipos adicionales que no tienen perforación propia, y logra regar un 30% más de superficie sin sumar costo de extracción. La idea fue de su hijo Cristian y quien le puso nombre, “la pila de agua”, fue el reconocido periodista agropecuario —y amigo de Bartolucci— Héctor Huergo.
CÓMO ES LA GANADERÍA BAJO RIEGO
Tres décadas después, esa misma lógica de ensayo y error que lo convirtió en pionero es la que hoy sostiene su apuesta más reciente: la recría de terneros bajo pasturas regadas por pivote, en pleno semiárido catamarqueño.
La decisión es de los últimos siete u ocho meses y responde a una sola variable: el precio de la carne. Mientras que “antes era impensable por el costo”, hoy engordan terneros con avena, raigrás y trébol bajo riego.
El cambio no es menor si se tiene en cuenta la zona: los campos reciben entre 500 y 550 milímetros de lluvia en un año normal, con años de apenas 300 o 400 milímetros. Dependiendo solo del secano, la oferta de forrajera la determinaba el clima. Con riego, esa lógica se invirtió: la empresa puede decidir qué producir y cuándo, en lugar de acomodarse a lo que llueve.
Hoy, de 5.000 hectáreas en total, se destina un 60% a la agricultura bajo riego por pivote. La ganadería no tiene tierra irrigada “propia”, más bien, compra la pastura que produce el área agrícola, bajo la lógica de unidades de negocio independientes.
Cada unidad —agricultura, ganadería, semillas— funciona como un área independiente que debe pagar por la tierra y el agua que usa, como si se las alquilara a un tercero. “La que no es rentable, desaparece”, sintetizó Daniel.
Los primeros resultados ya están a la vista. Con terneros de 180 kilos, los primeros 60 días de recría bajo pivote arrojaron un promedio de 630 gramos de ganancia diaria por animal, un número que el ingeniero ubica en línea con lo proyectado.

Una tropa de vacunos perfectamente alineados sobre el boyero, en una imagen que muestra la integración agrícola-ganadera de Mistol Ancho
La recría se suma a la cabaña de Brangus que la empresa desarrolla desde hace una década, aunque representa un porcentaje menor del negocio ganadero.
LAS CLAVES DEL ÉXITO: CONOCIMIENTO, TECNOLOGÍA Y GESTIÓN
El salto productivo tiene un costo que no siempre está a la vista. Bartolucci lo resume en tres condiciones: conocimiento, tecnología y gestión.
“Si te falta alguna de esas tres, es un dolor de cabeza importante”, advirtió.

Lucía Bartolucci recorre el campo junto a un ingeniero (Gentileza Daniel Bartolucci).
A eso se suma el gasto energético: entre sus cinco campos y 29 transformadores, Mistol Ancho paga un millón de dólares al año en energía. Es un costo tan sensible que la empresa empezó a usar inteligencia artificial para auditar sus propias facturas.
“Si no ponemos a alguien financiero, analítico y muy comprometido, se pueden producir errores”, reconoció.
A él, el riego lo obligó a pasar de una economía de mínimo insumo a una de máximo input: sumó capital, análisis y personal dedicado exclusivamente a sostener el sistema. “No es tan sencillo como decir ‘aprieto el botón y me hago rico’, eso es mentira”. Pero el esfuerzo tiene su recompensa: “…sí te podes hacer rico haciéndolo bien”.

