En los campos de Médanos, en el sur bonaerense, en el partido de Villarino, la cosecha no siempre llega de la mano de pantallas digitales, sensores ni máquinas tecnificadas recién salidas de fábrica.
Allí, cuando el trigo, el centeno o la avena están listos, un color azul intenso vuelve a recorrer los lotes como lo hace desde hace más de seis décadas.
Se trata de una cosechadora Di Tullio D100 modelo 1964 que, lejos de ser una pieza de museo, sigue trabajando con orgullo y eficiencia en el campo de la familia Dumrauf, incluso ante el asombro de los contratistas más avanzados de la región.
Para Héctor Aurelio Dumrauf, pequeño productor agropecuario del partido de Villarino, esa máquina no es solo una herramienta: es memoria viva.
“La conozco desde el tornillo más chiquito hasta el más grande. Esa máquina llegó a la familia en el año 64; yo nací en el 61 y desde los cuatro o cinco años ya andaba arriba con mi papá. Es un miembro más de la familia”, resume, sin exagerar.
La historia de esta Di Tullio es también la historia de una forma de producir que hoy parece en retirada: la del aprendizaje a pulmón, la mejora constante y la convicción de que lo viejo, si se cuida y se entiende, puede funcionar mejor, incluso que lo nuevo.
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UNA COSECHADORA QUE MARCÓ GENERACIONES
Todo empezó en la campaña 1963, cuando una cosecha excepcional puso contra las cuerdas a la familia. En ese entonces, la trilla se hacía con máquinas de arrastre.
“El rinde era tan grande que con la Dering tirada por un Someca había que ir tan despacio que terminaron fundiendo el tractor”, recuerda Héctor.
Ante esa urgencia, su abuelo contrató unas máquinas Senor autopropulsada que cosechaban en bolsa y lo dejaron impactado por su rendimiento.
“Ahí dijo ‘esto no puede volver a pasar’ y cuando terminó la campaña compró la Di Tullio, y la pagó al contado, como se hacía antes”, cuenta con el recuerdo intacto el entrevistado.
Sin embargo, los primeros pasos no fueron sencillos. La máquina pasó casi un año parada y, cuando finalmente salió al campo, el maquinista que mandaron para enseñar a usarla terminó chocándola. Además, el modelo tenía problemas de fábrica: trillaba sucio y rompía grano.
“A la máquina hubo que buscarle la vuelta”, explica Héctor en diálogo con Infocampo. Junto a su padre comenzaron a probar, ajustar y reformar. Achicaron engranajes, modificaron la velocidad del cilindro y aprendieron sobre la marcha; lote tras lote, cómo sacarle el mejor rendimiento. La Di Tullio empezaba a forjar su carácter y fue la envidia de todos.
REFORMAS ARTESANALES Y SALTO DE CALIDAD
El verdadero punto de inflexión llegó años después, cuando Héctor ya era maquinista y cargaba con otro desafío: una fuerte alergia a la granza de la avena.
“A los 13 años ya cosechaba, pero terminaba con los ojos hinchados. Sufría mucho el polvillo”, recuerda. Fue entonces cuando apareció César, un amigo maquinista con experiencia en el norte del país.
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“Un día nos sentamos y me dice: ‘Mirá Ruso, a esta máquina hay que hacerle estas reformas y va a ser como cambiarla por otra’”, relata.
Y así fue. Decidieron encarar modificaciones profundas: la tolva original, que iba al costado y desbalanceaba el chasis, fue llevada a la parte superior para volver a escuadrar la máquina. Se cambiaron las zarandas fijas por regulables tipo “boca de sapo” y se aumentó la potencia del viento para mejorar la limpieza del grano.
Héctor incluso diseñó una solución propia. “Le hicimos una zarandita abajo del sinfín, antes de la noria, para que la tierra caiga al piso y no llegue a la segunda limpieza. Sale el grano clasificado”, explica con precisión de ingeniero autodidacta.
El resultado sorprendió a todos. “Logramos andar a 8 kilómetros por hora. Camina más que una John Deere nueva”, asegura sin titubeos y con una risa de oreja a oreja. Además, recuerda una anécdota que todavía lo hace sonreír:
“En una tirada de 500 metros, le sacamos casi 100 de ventaja a una máquina moderna. El otro tipo no podía creerlo, me preguntaba qué le habíamos hecho a la azul”, destacó.
UN MOTOR NOBLE QUE NUNCA SE ABRIÓ
Bajo el capó, la Di Tullio conserva su corazón original: un motor Bedford 300 de 1964. “Desde que se compró hasta hoy jamás se tocó nada. Nunca se registraron válvulas, nunca se abrió”, afirma Héctor con orgullo. La clave, dice, está en su bomba lineal, mucho más noble que las rotativas modernas.
“Vos tocás el botón de arranque y queda regulando con ese ruidito característico. Además, al tener bomba lineal, anda perfecto con biodiésel, cosa que hoy a muchas máquinas nuevas las complica”, agrega. Para Dumrauf, esa confiabilidad explica por qué la máquina soportó jornadas extremas.
“Una vez cosechamos 55 hectáreas en un día, desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, para ganarle a un viento de casi 100 kilómetros por hora que amenazaba con desgranar todo. No sé si una máquina nueva, con tantos chiches, aguanta una paliza así”, reflexiona con absoluta sinceridad de “genio” el productor.
NUEVA GENERACIÓN Y CABINA CON AIRE
En la actualidad, la Di Tullio sigue activa gracias a la tercera generación de los Dumrauf. Héctor les pasó el mando a sus hijos, Martín y Emanuel, quienes asumieron el desafío de mantener viva la leyenda familiar. Martín es quien más mete mano en los fierros; Emanuel, el que piensa cada reforma antes de hacerla.
“Emanuel tiene un don: piensa las cosas antes. Si hay que modificar algo, él tiene la idea justa para que funcione”, destaca su padre.
Y fueron ellos quienes concretaron un sueño postergado durante años: colocarle una cabina hermética con aire acondicionado.
“Martín heredó la alergia mía a la granza de la avena. Por ello, adaptamos una cabina de Vassalli 316 y le pusimos un aire arriba. Cambió todo”, cuenta Héctor. “Yo la manejé y es el día y la noche. Antes sufría con el polvo; ahora es otra cosa”.
Esa mejora no solo sumó confort, sino que garantizó la continuidad del legado sin poner en riesgo la salud de quienes hoy están al volante.
MÁS QUE UNA MÁQUINA, UN ORGULLO FAMILIAR
La versatilidad de la Di Tullio sorprende incluso hoy. Además de trigo, centeno y avena, la familia la usó para cosechar maíz con plataforma de trigo, limpiar semillas y hasta partir grano para alimentar terneros. Siempre estuvo ahí, adaptándose a lo que el campo pedía.
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Para Héctor, verla trabajar en manos de sus hijos es una emoción difícil de poner en palabras. “Yo crecí arriba de esa máquina. Ver hoy a mis hijos manejando lo mismo que compró mi abuelo es algo muy fuerte”, confiesa.
En tiempos de obsolescencia programada, pantallas táctiles y recambios constantes, la Di Tullio de Médanos se planta como un símbolo de otra lógica: la del conocimiento, el cuidado y el amor por los fierros.
“Esa maquinita es una felicidad. Hoy todavía estoy orgulloso de la de ella a pasar del tiempo”, dice Héctor, con la convicción de quien sabe que algunas historias, como algunas máquinas, no tienen fecha de vencimiento.

