A 30 kilómetros del centro de la ciudad de Mendoza se encuentra la localidad de Chapanay. Es uno de los poblados de la zona Este cercano a la capital provincial entre los cuales un almacén, una agencia de lotería o una gomería conviven con las tradicionales fincas de vid.
De un lado, la postal urbana de la vereda y la calle cortadas por la acequia. Del otro, plantaciones de uvas tintas y blancas que dan inicio al mundo agrícola y abastecen al amplísimo ecosistema vitivinícola que motoriza a la actividad agropecuaria local.
En tiempos de vendimia todo ese paisaje se funde en una sola cosa. La cosecha no permite pérdidas de tiempo y los camiones repletos de uva entran y salen de las fincas, pero a veces quedan estacionados entre las calles.
Entre esos terrenos se encuentra la finca Los Nogales, perteneciente al ingeniero en petróleo Antonio Torre, de 73 años.
DEL PETRÓLEO AL VINO
Podría decirse que muchos productores agropecuarios que empezaron su actividad de jóvenes y hoy buscan ceder el mando pueden contar con un promedio de 40 campañas agrícolas de experiencia.
Pero el caso de Torre es especial: se lanzó al mundo agropecuario a los 47 años luego de toda una larga trayectoria en el mundo de la perforación de pozos petroleros y a raíz de una desconfianza más que atendible: no quería dejar su sustento futuro en manos de una jubilación, aún habiéndose dedicado a una actividad con ingresos por encima de la media.
“A mis 40 años cambió mi vida rotundamente porque empecé a dejar el mundo petrolero y me sumé a la empresa José Cartellone Construcciones Civiles. En el primer momento entré a trabajar ahí para seguir con el petróleo, porque esta gente quería iniciar actividades petroleras y de hecho perforamos 27 pozos para YPF entre 1991 y 1996. Pero luego pasé a ser gerente general de dos empresas del grupo, para hacer obras hidroeléctricas”, contó ante este medio mientras supervisaba la cosecha mecánica de sus uvas.
A pesar del ruido intimidante de la imponente Braud de New Holland que circulaba por encima de los viñedos plantados con el sistema Casarsa, Torre no perdió el hilo y siguió contando su historia. De todas maneras le pidió disculpas a este cronista por quedarse sentado a bordo de su Fiat Toro –“necesito descansar”– y no dar la entrevista de pie.
Allí contó que el mundo de las centrales hidroeléctricas lo llevó a estar al frente de las concesiones de Nihuil 4 o Cacheuta. “Me jubilé a los 68, en el 2021. Y tener esta finca es porque fui consciente del país en el que vivimos, que aún teniendo puestos muy importantes ingresos que me hacían vivir muy cómodamente, eso no iba a perdurar”, explicó.
“En algún momento me tenía que jubilar y seguramente la jubilación sería muy pequeña comparado con mis sueldos. Yo no quería sufrir esa situación”, recordó.
En 1999 entonces, mientras estaba a cargo de Consorcio de Empresas Mendocinas en Potrerillos decidió invertir en la finca de Chapanay, en el corazón productivo del Este mendocino.
La zona está lejos del glamour del Valle de Uco, los ‘outfits’ para Instagram y cierta ‘premiumización’ del vino. El Este es la región que abastece a una larga lista de bodegas “trasladistas”: son las que reciben la uva y luego envían el flamante vino a las plantas fraccionadoras para botellas, tetra brick, latas o granel. Lo que el mercado necesite.
La inmersión de Torre en ese entramado mendocino, netamente industrial y un poco alejado de ese buscado enoturismo, no siempre resultó una tarea sencilla.
El ingeniero en petróleo debió en más de una ocasión volver sobre sus pasos. Fue en uno de esos recálculos que formalizó su ingreso a la cooperativa Brindis, una de las 29 productoras de uvas y poseedoras de 54 bodegas. Todo forma parte del universo Fecovita, la poderosa Federación de Cooperativas Vitivinícolas Argentinas.
“Brindis hace hasta tres calidades por varietal, dependiendo de la sanidad con la que le llega la uva y demás. Yo sé que toda la uva que nosotros producimos acá va para el de máxima gama y que luego va a Fecovita. Obviamente los vinos de Fecovita son muy buenos, pero no tienen el precio ni compiten con los vinos de Tunuyán, Tupungato y demás. Apuntamos a lo mejor que tenemos dentro de la cooperativa”, señaló.
Ahora que pasó la barrera de los 70 Torre ya habla con el aplomo de un experimentado productor agropecuario. No se deja llevar por lo que llama “modas” en el consumo y asegura que es mejor “apretar los dientes”. Aprendió el dinamismo de la actividad y por eso destaca la importancia que hoy en día representa para sus números mensuales una pequeña parte de campo en la que produce nueces.
“Esos nogales me dan un poco de alivio a la situación que se vive, porque la uva está con un precio muy bajo y cuesta que los números cierren, los costos de explotación son muy altos y por eso puse riesgo por goteo, para consumir menos energía y regar más eficientemente. Este año lo que he hecho es poner paneles solares en las dos fincas que abastecen la energía de la bomba que extrae agua del pozo para regar”, destacó.
-¿Cuánto hace que trabaja esta finca?
-A esta finca le he dado el nombre de Los Nogales porque en el año 2011, además de plantar esta Casarsa que es la que vemos que se está cosechando acá en este cuartel paralelo, es un cuadro de nogales que le da el nombre a la finca. Tengo otra colindante en la que uno de los estacones había reverdecido, y terminó siendo de retamo; y por lo tanto esa finca se llama El Retamo. Esto es el límite entre Chapanay y Montecasero.
-¿Qué se está cosechando?
-Uva malbec que está plantada en un sistema Casarsa que es muy apto para cosechar a máquina. La Casarsa es un espaldero particular, muy singular, que es muy alto y tiene 1,80 de altura y tiene un único alambre a ese a esa altura y toda la uva se desarrolla sobre ese alambre. No es un espaldero tradicional.
-¿Y qué antigüedad tiene este viñedo?
-12 años.
-¿Cuántos años pasaron hasta que consiguió el vino que estaba buscando?
–Cualquier sistema que uno plante primero necesita que la planta llegue hasta arriba y se desarrolle, y siempre en el primer o segundo año algún racimito (sic) da, pero para poderle llamar producción uno tiene que esperar entre 5 y 6 años. Y plena producción tal vez 8 años.
-Daría la impresión, lamentablemente, que no son plazos que suenen muy “argentinos”. ¿Qué pasa por la cabeza de un productor durante todo ese tiempo?
-He escuchado muchas opiniones, y ya que estamos dialogando voy a meter el tema de la reconversión. La gente que no está en el tema no visualiza que lleve tanto tiempo llegar a tener producción. Es decir, uno hace una inversión muy grande y después tiene que mantenerla: hay que podar, limpiar, y pasan 6 años sin tener ingresos. Entonces, un proyecto de inversión, se podría decir que lleva mucho en esos seis primeros años y recién después empieza el retorno. Y si cuando han pasado como en este caso 12 años se habla de reconvertir nuevamente, debería arrancar todo esto y plantar otra cosa que va a venir a producir dentro de otros 6 años de nuevo. Entonces esto sería casi un juego y no una actividad económica. Y eso no es posible.
-Decía que había escuchado distintas opiniones sobre ello. ¿Qué manifestaban?
-He escuchado muchas cosas decir, como por ejemplo “¿por qué no plantan tomate?”. Eso me da la idea de que es gente sin ningún conocimiento de la viticultura ni de la fruticultura, porque cualquier planta, como por ejemplo el nogal, tarda 8 años en llegar a su producción promedio. La manzana, el durazno, cualquiera. Todos necesitan 6 años mínimo. Entonces como digo, son opiniones de gente que no está en el agro.
-A la vez existe un crecimiento en el consumo de vinos blancos en el mundo, aunque las causas todavía parecen ser diversas. Aún con ese escenario, usted plantea que no es conveniente reconvertir.
-No. Pero eso sería incluso más fácil, porque cuando ya se tiene las vides, si yo quisiera cambiar de variedad tengo la posibilidad de injertar. Y el injerto sí en un par de años sobre una planta adulta te produce y ese hueco económico que se genera no sería tan grave, digamos. Entonces, por parte se podría ir cambiando de variedad, pero ojo que no todos los pies son aptos para todas las variedades, así que también eso algún grado de dificultad tiene. Pero de todas maneras todas las modas son pasajeras. Lo que hay que hacer es otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Mantener el viñedo. Y apretar los dientes, mantenerlo sano, bien cuidado, porque en algún momento va a dar la vuelta y otra vez el tinto va a ser el que queremos, y entonces vamos a decir “¿por qué lo pasé a blanco si duró dos años la moda?”. Así que no se puede hacer eso. Recibí un gran consejo una vez.
-¿Cuál?
-Un hombre mucho más anciano que yo me dijo hace muchos años: “Mire, cuando usted vea que algún cultivo ya no le sirve, o le parece que no le sirve, sígalo cuidando. Y si hay otro que le parece que es el bueno, agarre un pedacito de tierra más y plante eso otro. Pero no arranque lo anterior”.
-¿A cuento de qué se lo dijo?
-Eso lo decía en otro momento por la llamada “ciruela diet” que había estado tan de moda. Pero después pasaron tres o cuatro años que no tenía precio, entonces arrancaban esa ciruela. Fue una cosa de locos. Y al tiempo empezó a faltar esa misma ciruela, porque se había arrancado. Entonces lo que digo es que no hay que ser tan apresurado al tomar decisiones. En el campo hay que ser muy paciente y saber que uno está jugando a larguísimo plazo y a cada periodo malo que haya entre medio hay que saberlo soportar.
-¿Por qué decidió formar parte del sistema cooperativo de Brindis y Fecovita?
-Porque cuando empecé con esta actividad pensé que la iba a poder hacer por mi cuenta particularmente. De hecho, alguna vez hasta alquilé una bodega en el año 2012 y 2013. Pero las bodegas trasladistas son muy problemáticas porque pasa lo mismo que con la uva. Lo que yo quería hacer con eso de haber alquilado la bodega era poder tener más oportunidad de comercializar con más tiempo a ese vino resultante. Pero así como somos prisioneros de la parte industrial como productores respecto de fijar los precios, también le pasa lo mismo al de la bodega trasladista.
-¿Qué sucede allí?
-Que realmente los únicos que tienen un poco más de holgura son los que tienen una marca y venden, que fraccionan y tienen un mercado. Pero llegar a eso era imposible. Entonces, cuando me di cuenta de que había empezado al revés dije ‘tal vez lo mejor sea cooperativizarse’, porque efectivamente entre varios se hace más fuerza que uno solo. Pero lo digo desde el punto de vista comercial, de poder tener un volumen crítico que sea atractivo a las bodegas que compran los distintos varietales. Entonces, juntándose entre varios productores, la cosa resultó mejor. Yo la verdad que soy socio de Brindis recién hace 2 años, porque estuve unos cuantos años como tercero llevando la uva y solicitando ingresar hasta que me tocó el momento. Las cooperativas tampoco se agigantan de un día para el otro, van incorporando socios a medida que su desarrollo se los permite.
-¿Qué es lo que mejor funciona acá en esta esta finca?
-Bueno, en realidad lo único que tengo diferente son esas 4 hectáreas de nueces, el nogal anda bien. Ayuda en estos momentos en que la uva tiene bajo valor, pero en épocas normales tengo todo varietal, tengo Cabernet, Malbec, Syrah, porque entonces era mucho más rentable tener la uva que las nueces. Pero nada es estático, todo es dinámico y ahora la nuez me ayuda porque esto escasamente alcanza para dar la vuelta y llegar al otro año cubriendo todos los costos.

Uvas tintas recién cosechadas y entregadas a la bodega Brindis
-¿Están bien pagados los productores de parte de la industria?
-La verdad es que el precio es una consecuencia de la oferta y la demanda. En épocas como estas, en donde ha bajado bastante el consumo y demás, es lógico que la uva baje de precio. Yo no creo que sea una cosa antojadiza dejarlos en valores muy bajos. La verdad es que los valores son bajos porque escasamente alcanzan a cubrir el costo en fincas muy organizadas como esta, pero estoy seguro que todos los pequeños productores no pueden sostenerse. Yo no me considero pequeño porque tengo casi 40 hectáreas, puedo decir que soy más o menos chico, pero no muy chico. Y a mí el número todavía me alcanza a cerrar como para decir ‘puedo pagar los costos o los gastos del año que viene’. Pero seguiré esperando hasta que la demanda por algún motivo se modifique y los precios suban. La verdad que nadie puede obligar al que compra a que fije un precio mayor que el que le conviene pagar y si nosotros no tenemos otra alternativa, tenemos que vender a esos precios.

