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Julio, el cabañero que se esforzó 20 años hasta cumplir su sueño de jurar Palermo: “Le dejé mi vida a los toros”

Empezó a los 16 años como ayudante en una cabaña de Marcos Paz y le llevó casi dos décadas llegar a jurar la gran pista de Angus. Hoy, además, lo convocan otras razas, y su consejo para los jóvenes jurados es no saltear etapas.

Manuela Herzel

Julio Fernández (55) empezó a los 16 años como ayudante cabañero en Marcos Paz (Buenos Aires), pero su vínculo con la ganadería viene de familia: creció viendo a su padre trabajar con las vacas y lo ayudaba en la granja y en el tambo.

A los 9, viajaba cada fin de semana a visitar a su tía en Cañuelas, que cocinaba en la histórica Estancia Primavera de Bustillo. “Ayudaba a Félix Cuenca a dar de comer a los toros, me apasionaban”, repasa.

Pero la conexión es fuerte porque Julio no solo “heredó” la tradición, sino que la ratificó desde la escuela primaria.

“Papá, voy a trabajar a la mañana y estudiar a la tarde”, le dijo a su padre. “No, usted va a trabajar a la mañana y a la tarde, y va a estudiar de noche”, le contestó, en una muestra de los valores familiares de la época, allá por mediados de los ’80.

HISTORIA DE UN JURADO

Y así lo hizo. Terminó la primaria y empezó a trabajar en el campo hasta las 16.30 de la tarde. De ahí, iba a la escuela técnica, donde cursaba desde las 18 hasta las 22.

“En dos años me recibí de técnico electromecánico”, cuenta entre risas Julio, quien con el tiempo terminó dedicándose a algo completamente diferente. Cuando se le pregunta si le gustaba, responde “era lo que dijo papá”.

Hasta que el destino o las coincidencias de la vida lo llevaron de nuevo a Marcos Paz. Una visita a su hermana y a su cuñado coincidió con una necesidad latente de la empresa que tenían a su cargo; Eolia, un centro genético bovino que recolecta semen de reproductores de diversas razas.

“Fui a pasar un fin de semana y me quedé 11 años”, resumió sobre esa aventura que empezó como una suplencia de solo 10 días.

En Eolia SA trabajó 11 años, hasta que falleció el patrón y se mudó a Bahía Blanca, con la idea de desempeñarse en el establecimiento Don Avelino. Ahí, trabajó con animales Angus y Hereford. En ese punto, tenía 28 años y se había casado con Cristina, a quien —claro— también conoció a través de la ganadería y del mundo expositor: “Nos presentó un amigo en Palermo”.

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Julio Fernández en acción durante la última Semana Angus de Primavera

Después de casarse en 1998, se plantearon qué hacer. “¿Y si trabajamos cinco años duros, hacemos la diferencia y ya volvemos para el centro de Buenos Aires?”, propuso. Y la idea fue bien correspondida: “Ella también es de campo, por eso nunca dudó”, contó Julio.

Aunque vivir en San Germán no fue fácil: “Era prácticamente un desierto, es una zona muy difícil”. Pero la propuesta era buena y lo intentaron.

Sí fue corta la estadía, porque luego de un año y medio la firma vendió la empresa a Signo Agro y se trasladó a Balcarce. “Al día de hoy sigo con ellos, son casi 40 años de cabañero con ellos”, valoró.

Además, Julio se desempeña como asesor, enfocado principalmente en la parte comercial y de puro controlado, más que en animales “pisteros”, como le dicen en la jerga a los animales preparados para el show de Palermo y las exposiciones.

EL SUEÑO DE JURAR

Le llevó la mitad de su vida abrir esa puerta para empezar a jurar. Le gustaba mucho, pero no sabía cómo llegar a Angus. Su actitud reservada tampoco lo ayudaba. Hasta que Juan Carlos Signorelli —su patrón— lo empujó a mostrar su trabajo.

“Los negocios están en la calle y si usted no muestra su trabajo nadie lo va a venir a buscar”, fue el consejo que le dio en ese momento para que entrara a la escuela.

En ese momento de su vida Julio ya se sentía capacitado para jurar. Y el viento corría a su favor, porque los cursos para jurar eran un poco más flexibles y ejecutables que en otros tiempos. “Antes, duraban un mes entero y tenías dos días teóricos y un sábado de práctica”, explicó.

Entonces, Juan Carlos le organizó un cronograma para que él pudiera adaptarse al curso de la Asociación. El esquema que le permitió completar la capacitación quedaba ordenado de la siguiente manera: los lunes por la noche, Julio debía viajar a la casa de Juan Carlos; el martes tenía la teoría; el miércoles trabajaba en la oficina y ayudaba en la administración; el jueves volvía a la sede y completaba la semana trabajando el viernes.

Cuando pisó la sede, algún conocido le preguntó: “Julito, ¿qué haces acá?”. Y es que, después de la mitad de su vida abocado a la actividad ganadera en la cabaña, la gente ya lo conocía. “Había otro chico más de campo y el resto eran todos chicos jóvenes de facultad”, recordó.

Rápidamente, notó que era su lugar. “El curso me sirvió en lo teórico para conocer más historia de la raza y la calidad de la carne”, reconoció. Pero en la práctica, no lo necesitó: “ganaba todas las prácticas porque tenía la experiencia de los corrales, los años de selección y la experiencia de cabañeros”.

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En 2007, después de finalizar la última práctica en La Rubeta, recibió el diploma en Buenos Aires de manos de Ignacio jurado en Palermo de varias razas.

La primera convocatoria llegó enseguida: Dolores, una exposición regional (todavía no oficial de Angus). “Y ahí empecé”, resumió. Al año siguiente juró su primera muestra oficial, en Las Flores, y desde entonces recorrió el circuito bonaerense, el pampeano y el del Litoral.

Pero, para él, la “primera prueba de fuego” llegó en 2016. Fue la Nacional de Otoño en Bolívar. Aún ahí, el salto a las grandes pistas no fue inmediato: “Había jurados de jerarquía, muy nombrados, y muchos extranjeros que venían a jurar, no tenía cabida en las nacionales o en Palermo, siempre me costó mucho”.

LA OPORTUNIDAD MENOS PENSADA

Finalmente, la oportunidad apareció de la forma menos pensada. En 2021, con la vuelta de las exposiciones tras la pandemia, la gran cita de Angus no fue Palermo sino Tandil. Julio había quedado como segundo suplente, detrás del jurado titular y del primer suplente. Pero los dos se bajaron; asesoraban a varias cabañas que querían competir después de un año sin muestras.

Cerca de las seis de la tarde y ya de vuelta de la manga, sonó el teléfono. Del otro lado, Claudio Schonfeld —entonces director de exposiciones de la Asociación— le dijo: “Julito, prepará las pilchas porque te toca jurar la Nacional”.

Como no tenía secretario, le pidió a su hijo Cristian que lo acompañara. Recuerda esa Nacional multitudinaria, en la que juró en una tarde 121 terneros. “Nunca me lo voy a olvidar”. Desde entonces, Cristian nunca dejó de acompañarlo.

Ese día consagró Gran Campeón a un toro colorado frente a ejemplares de más de 1000 kilos. “Pa, mirá que están todos los grandes también”, advirtió Cristian sobre el toro que vio su padre como correcto, uno de los más jóvenes de la pista.

Era Mateo, que al año siguiente volvió a ser gran campeón en la Nacional del Centenario de la raza y después en Palermo. Además, la ternera de lote que Julio ya había premiado en Tandil también terminó como gran campeona en Palermo, a los dos años. “La gente ve el trabajo que hacés”, resumió.

Toda esta trayectoria, obviamente, le ha dado múltiples experiencias y enseñanzas. “Hoy hay escuela de jurados y todos los chicos quieren jurar rápido; yo pienso… a mí me llevó casi 20 años llegar a jurar Palermo”, repasó.

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Julio Fernández junto a su hijo Cristian

Ese recorrido se coronó en 2025, cuando finalmente juró la gran pista de Angus —lo que más anhelada— y este año volvió a ser elegido para la Nacional, en Cañuelas.

Por estos motivos, su consejo para los jóvenes es no saltear etapas. “Si te llaman para una Nacional después de dos o tres exposiciones y te sale mal, después te va a costar otros años volver a remarla”, resumió. Él mismo recuerda haber hecho 700 kilómetros hasta Chivilcoy para jurar tres toros, y haber ido contento.

Tampoco olvida algún reproche en pista por su forma de hablar, cuando le decían que le faltaba hablar más. Respecto a las formas, él diferencia, la jura de la “conducción”. Para él, la costumbre de las largas devoluciones —más asociada a los jurados norteamericanos— a veces se volvió más show que trabajo. “Yo hablo lo justo y necesario, a veces, el show vende más que el buen laburo”, disparó.

DE LOS ANGUS A OTRAS RAZAS

El resultado es que hoy lo convocan otras razas además de Angus: su primer Palermo fue con Limangus, juró la última Nacional de Otoño de Hereford y también nacionales de Shorthorn, y colaboró con Simmental en Palermo.

“Me sirve para seguir formándome, de la persona que menos te esperás aprendés”, aseguró. Y sumóun desafío nuevo: interpretar la genómica, que ampara al jurado cuando dos animales en la pista son muy parecidos.

Este año, incluso, recibió una invitación para jurar en Brasil, pero coincidía con la fecha de Hereford, a la que ya había dado el sí.

En este contexto, si está seguro de algo, es de que “toda la vida se la dejé a los toros”. No tiene arrepentimientos, porque esa carrera —cuenta— lo llevó a conocer mucha gente buena. “Y eso te genera mucha emoción, decir ‘hiciste ese laburo bien’, con humildad y con respeto por los demás, año a año fui luchando para jurar”. Este año se cumplen 20 años desde que empezó a jurar.

Mirando hacia atrás, Julio no se olvida de quien le abrió la puerta: “Siempre le voy a estar agradecido a Juan Carlos Signorelli, que ya no está más, pero me ayudó a entrar a Angus”. Cristian ya le propuso escribir un librito con su historia como jurado. Material no le falta.

 

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