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Pignanelli: “Los políticos tienen que entender que la economía hace pagar los errores a largo plazo”

El ex presidente del Banco Central cree que la crisis actual no es económica sino "de conducción y liderazgo" y que hablar de desestabilización es "la excusa del fracaso político".

Aldo Pignanelli atravesó los últimos momentos de la convertibilidad y la salida de la crisis de 2001 desde el Banco Central de la República Argentina. Primero como director, luego como vicepresidente y, más tarde, como presidente, según publicó La Nación.

Quizá por eso es uno de los expertos más consultados últimamente, cuando la crisis cambiaria y la escalada inflacionaria de los últimos días abren un nuevo tiempo de incertidumbre para la Argentina, una crisis que él considera más “de conducción y liderazgo” que económica.

Pignanelli es economista, se autodefine como militante del Partido Justicialista, aunque cuando habla traza un límite con la actividad política. En diálogo con LA NACION miró las turbulencias de las últimas semanas con perspectiva, analizó las razones profundas de la relación de los argentinos con el dólar, y la recurrencia cíclica de las crisis económicas en la Argentina.

“Es mentira que sólo en el país se sale corriendo a refugiarse en el dólar, es un mito. Si se hace una visión comparada con el resto del mundo, ante una situación de temor respecto al valor de la moneda la gente busca un refugio. Esto mismo ocurre en Estados Unidos, Europa, Asia y en países de la región, como Brasil”, dice.

-¿Dónde encuentra la explicación de los problemas económicos cíclicos en la Argentina?
-Tampoco podemos decir que sólo la Argentina tiene crisis. Hay crisis recurrentes en muchos países del mundo, incluso en los más desarrollados. En los 80 se tuvo la crisis de Carter en Estados Unidos; en los 90, las acciones de las tecnológicas, y la crisis de 2008, cuando estalló la burbuja hipotecaria. Todas a partir de los países centrales. Ya no se puede justificar que la Argentina tenga tantas crisis recurrentes.
Llama mucho la atención que el país esté atravesando esta situación cuando tenemos los términos de intercambio más altos de la historia. Es decir, a qué precio vendo al exterior y a qué precio importo. Si uno ve nuestro pasado, los términos de intercambio más favorables estuvieron en 1919; en 1948, con la primera presidencia de Perón, y la otra fue en 1973, con la crisis del petróleo, que significó un crecimiento muy importante del valor de nuestras materias primas.
–¿Encuentra raigambre política en la recurrencia de ajustes?
–Sí, la crisis actual no es económica sino de conducción y liderazgo. Y cuando hablo de liderazgo no digo sólo político, sino en la dirigencia empresarial, profesional y hasta militar. Creo que en la Argentina hay una transición de crisis de liderazgo. En el peronismo tenemos un serio problema de liderazgo. Creo que ahí tenemos que empezar a buscar las causas de lo que nos está pasando. La Argentina hoy debería tener una economía volando de crecimiento, las expectativas futuras son muy favorables. Aún estamos en una transición difícil. El Gobierno financia un modelo económico que en su inicio mantuvo las bases de ese programa durante unos años con superávit gemelo, política fiscal sana y dólar competitivo, y ahora termina cerrando con alta inflación y fuerte caída de las reservas.
–En la crisis de 2002 el radicalismo se corrió de la escena política. ¿La conducción de la política económica quedó a merced de las internas del PJ?
–No tanto de las internas. Tengamos en cuenta que recién en 1983 el peronismo fue derrotado en las urnas. Eso significó un cambio importante, más aún cuando el gobierno de Alfonsín terminó mal. La interna del PJ se dirimió en 2003, entre Kirchner y Menem. Duhalde eligió a Kirchner porque traccionaba los votos de la centroizquierda. Esto lo digo con las limitaciones que hoy tiene “lo ideológico”. En la presente sucesión presidencial nos planteamos al “poskirchnerismo”, que son dos o tres sectores definidos que buscan reorganizar al peronismo. Daniel Scioli y Sergio Massa son los grandes candidatos.
–¿Estos sectores tienen un pensamiento económico diferente?
–No, aunque sí son diferentes respecto del actual gobierno nacional. Acá hay un solo camino a seguir: el de atraer inversiones, una política fiscal y monetaria sana y crédito externo, como también inversiones productivas. El gobierno de Cristina Kirchner cometió errores infantiles en materia económica. Creer que emitir moneda no produce inflación y que con sólo ahorro interno podemos crecer es un error estratégico y conceptual. Ahí sí la ideología tiene mucho que ver. Tenemos un ministro de Economía que se define como marxista. Eso es insólito, y más si tenemos un gobierno peronista.
–Sin embargo, el accionar del Banco Central parece tener una impronta un poco más neoclásica (ortodoxa)…
–El Banco Central, a partir de la conducción de Mercedes Marcó del Pont, fue funcional a las ideas de izquierda, que postulan que hay que emitir, dar crédito barato, pisar la tasa y usar las reservas sin límite para pagar la deuda. En política monetaria, los resultados de las decisiones que tome un Banco Central de cualquier país nunca son inmediatos en el bolsillo de la población. Eso viene después de un tiempo por la velocidad de circulación del dinero. Tal vez la devaluación es más rápida, porque se traslada a precios cuando está mal hecha.
–Entonces la política monetaria es necesariamente dependiente del Banco Central. De hecho, su gestión trabajó junto al equipo económico de Roberto Lavagna.
–La independencia del Central es la de aplicar la política monetaria que fija el Congreso sin depender del Poder Ejecutivo. Eso no quita que haya coordinación. El ministro de Economía, por ley, tiene un representante en el directorio de la entidad donde tiene voz, pero no voto. De hecho, peleé muchísimo con Lavagna. A pesar de que coincidíamos en lo ideológico, teníamos alguna diferencia de aplicación de medidas. Si no existen esas discusiones es porque algo anda mal, en todas partes del mundo es así.
–¿Considera suficiente la cantidad actual de reservas del Banco Central?
–Las reservas no son altas ni bajas, lo preocupante es la tendencia. Podés tener 28.000 millones de dólares y manejarte bien si tenés acceso al crédito y la situación fiscal controlada. La actual tendencia es a la baja, porque el modelo termina ajustado con inflación, restricción de acceso al crédito externo y baja de reservas.
–¿Se ha retomado ese “sano contrapunto” que describe entre el Ministerio de Economía y el Banco Central?
–Hay una contradicción evidente en el Gobierno: una cosa es Kicillof y otra es Juan Carlos Fábrega (presidente del BCRA), cuya designación yo celebré. Fábrega tiene experiencia en el mercado y una personalidad que no tenía la anterior gestión, que se sometía a instrucciones. No podía creer cuando Marcó del Pont decía que emitir moneda no genera inflación. La actual gestión del Central tiene un equipo brillante, honesto y que sabe lo que hace. Es evidente que hay diferencias ideológicas entre Fábrega y Kicillof. El ministro sigue preguntándose por qué en Estados Unidos la emisión de dólares no genera inflación. Yo le diría a Kicillof que estudie de política económica. El problema cambiario de la Argentina es el “pecado original”, que es emitir una moneda que nadie quiere. En cambio, Estados Unidos emite una moneda que todos quieren; hasta el Banco Central de China la usa como reserva de valor.
–¿Existe una predilección de los argentinos respecto de otros países de la región por usar al dólar como reserva de valor?
–El año pasado Brasil devaluó 20% su moneda, sin embargo la inflación fue del 5% porque la oferta de bienes de este país es superior a la demanda porque hubo inversiones. Ahí la oferta equilibró los precios. En cualquier país del mundo, el que tiene alguna capacidad de ahorro trata de cubrir con una “reserva de valor”. En Estados Unidos y Europa, cuando hay crisis profunda, la gente se refugia en el oro. En los países latinoamericanos se acude al dólar, y en los asiáticos se opta por el yen. No es cierto que los argentinos somos los únicos con predilección por el dólar.
–Brasil experimentó una suerte de corrida cambiaria en 2002 por una intensa demanda de dólares ante la expectativa de cambio de gobierno…
–En 2002 los grandes empresarios y banqueros brasileños veían a Lula da Silva como un trotskista que quería nacionalizar a la economía. En ese momento apostaron en contra del real y lo pusieron a 4 por dólar. Hubo una gran corrida. En ese momento era presidente del Banco Central y tenía contacto diario con mi par de Brasil, Amínio Fraga, y llorábamos juntos por teléfono por las mismas corridas. Fraga se veía obligado a vender 800 millones de dólares al día en reservas porque el real se devaluó y venía Lula. Ésa es la evidencia de que los argentinos no somos los únicos con cultura de dólar, no es cierto que en otros países no suceda.
–Luego de su experiencia en el Central, ¿cree que hay grupos económicos que buscan desestabilizar al Gobierno?
–Eso es un discurso antiguo que no existe más. Son las excusas que ponen los políticos cuando fracasan, siempre buscan un responsable. Por supuesto que hay sectores que aprovechan los errores, pero si no los cometés no pueden hacerlo. Hay gran experiencia en corridas. George Soros hizo una corrida contra la libra y ganó porque el gobierno inglés estaba débil. Si hoy no hubiésemos tenido un gobierno que emite tanta moneda, no genera déficit y hubiera arreglado el acceso al crédito no tendríamos este problema. ¿Acaso me van a decir que porque una empresa compró sólo 3 millones de dólares quiso hacer una corrida?
–El Gobierno culpó hace una semana a una petrolera extranjera de querer generar una corrida como la que describe.
–El ministro de Economía dijo que Shell fue quien quiso poner el precio de 8,4 por dólar a la moneda. Eso es no entender cómo funciona el sistema de negociación de cambio electrónico. Allí el que compra pone el volumen de la demanda y el que ofrece pone el precio. Eso no es una corrida. Tampoco seamos ingenuos al pensar que nadie se quiere aprovechar de los errores en materia de política macroeconómica. Hacer negocios es buscar todo el tiempo la oportunidad de maximizar utilidades.
–¿Mejorar la distribución de la riqueza necesariamente genera tensiones políticas fuertes?
–La política es el campo de batalla, pero lo económico tiene su trascendencia. La gran virtud de Keynes es que el sistema capitalista genera una injusta distribución de la riqueza. Por eso el rol del Estado en la política fiscal y los impuestos. Claro que hay una puja distributiva, cuando hay inflación alta el primer conflicto es la tensión con los sindicatos que buscan recomponer el poder adquisitivo de sus afiliados. El punto siempre es generar trabajo, porque si no la asistencia social no sirve para nada. Ningún gobierno peronista debería jactarse, por ejemplo, de dar subsidios a jóvenes que no trabajan ni estudian después de once años de gestión en los que no se los logró incluir.
–¿En qué punto encuentra equilibrio entre las decisiones estrictamente políticas y las que involucran aspectos económicos?
–Lo político debe estar siempre por encima de lo económico, siempre. Desde lo político hay que tener claro hacia dónde se apunta y permitir que los que saben de economía tomen decisiones dentro de ese esquema. La política debe entender que la economía se trata de recursos escasos. A todos nos gustaría que los 41 millones de argentinos tengan la mejor casa, seguridad y educación, pero en ningún país del mundo se da esa panacea, salvo en casos muy puntuales. El sistema capitalista genera dos grandes desigualdades: injusta distribución del ingreso y desempleo, que son problemas estructurales del sistema. Keynes lo describió muy bien y Marx fue el único que desmembró profundamente al capitalismo. Los políticos deben entender de una vez por todas que la economía hace pagar los errores a largo plazo.
–Durante su experiencia en un alto cargo político, ¿existen “palabras prohibidas” para hablar en público de problemas de la economía?
–La palabra “ajuste” no le gusta a ningún político, porque hace preocupar a todo el mundo y, de hecho, esos procesos son muy perjudiciales para los sectores de menores ingresos. El Gobierno usa esa palabra porque se siente culpable de la inflación y del caos monetario que hay en la Argentina. Ahora se hace del relato el motivo de la gestión política. No se puede decir que hay “deslizamiento cambiario” cuando se hizo una devaluación con déficit en las cuentas públicas.
–Los economistas se presentan en los medios como “pronosticadores” o bien “traductores” de situaciones complejas. ¿Se identifica con alguno de estos roles?
–Tengo una ventaja que no tienen otros economistas, soy peronista y conozco el razonamiento del movimiento y qué se piensa en los diferentes sectores. Mi característica es analizar la realidad económica a partir de mi experiencia política y el conocimiento científico de la economía. Además, llevo pagadas más de 1200 quincenas porque también fui industrial y sé lo que es manejar una empresa en crisis y lo que es la economía real. Trato de aprovechar mi condición de profesor universitario y bajar el lenguaje económico al común de la gente.
–¿Aprender a pagar sueldos es una ventaja para conducir la economía de un país?
–No soy tan taxativo, pero te puedo responder con una anécdota. A fines de 2002 tenía una empresa autopartista en Lanús con 120 obreros. Era una empresa familiar que tenía mi tío y mi esposa la terminó manejando. Una tarde estaba en Basilea (Suiza), donde di un discurso sobre la situación argentina, cuyos oyentes eran todos los representantes del G-20 y el FMI. Cuando terminé sonó el celular, atendí y mi mujer me dijo que tenía tomada la fábrica porque no podía pagar la quincena. Le dije que lleve autopartes a los repuesteros a Warnes, junte cheques a 90 o 120 días, y luego los descuente en una cueva para pagar a los muchachos. En ese momento era presidente del Banco Central. A veces los políticos hablan de producción, pero no se dan cuenta de lo que se sufre al tener una actividad empresarial pyme en países como la Argentina.

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