El cluster de los agronegocios argentinos atraviesa un momento bisagra: el nuevo escenario, marcado por cambios profundos en la política macroeconómica, mayor estabilidad en las variables clave, reducción del déficit fiscal y una creciente apertura económica, redefine las reglas de juego para el sector.
Estas transformaciones fueron el eje de una nueva edición del “Día del Inversor”, organizado por ADBlick —compañía dedicada al desarrollo y gestión de proyectos de inversión en el agro—, donde se analizó el contexto actual y las perspectivas de mediano y largo plazo.
Entre ellas, se mencionó la oportunidad que presenta la producción de cultivos destinados a biocombustibles, de demanda creciente a nivel global, como colza, camelina y carinata, y que en Argentina tienen alto potencial no solo por sus tierras, sino por su enorme capacidad de procesamiento de oleaginosas en las terminales del Gran Rosario.
Para los expertos, es un modelo de agregado de valor que puede servir para despegarse de la producción de commodities, donde el liderazgo de Brasil es cada vez más fuerte e inalcanzable.
UN MODELO QUE GIRÓ 180°
El encuentro puso el foco principalmente en el rol de la agroindustria como motor productivo y generador de oportunidades de inversión.
La jornada fue moderada por José Demicheli, CEO de ADBlick, y contó con la presencia de Andrés Borenstein (economista senior en BTG Pactual), Anna Cohen (presidenta y managing partner de Grupo Cohen) y Bernardo Piazzardi (director del Centro de Agronegocios de la Universidad Austral), como oradores invitados.
Uno de los ejes centrales fue claro: a partir de los cambios en la política económica implementados desde diciembre de 2023, el modelo de negocios del agro dio un giro de 180 grados.
Este nuevo contexto abre interrogantes clave: ¿está Argentina preparada para recibir inversiones? ¿Existen, más allá de la coyuntura, proyectos estructurados que contemplen el escenario local e internacional?
Demicheli destacó que el gran desafío es diseñar modelos de negocio que capitalicen las oportunidades, sin perder de vista la complejidad del entorno.
“Después de tantos años de una Argentina cerrada, el sector tiene que reconvertirse. La digitalización y las nuevas tecnologías abren oportunidades que todavía no estamos aprovechando plenamente”, señaló.
En este marco, agregó que “la incertidumbre va a seguir existiendo, pero las decisiones deben tomarse en función de las variables macroeconómicas”.
¿SE ORDENÓ LA MACRO?
En esa línea, Borenstein sostuvo que las condiciones macro están dadas para pensar en una reactivación del negocio agroindustrial. Al respecto, destacó especialmente la reducción del gasto público: “El Gobierno bajó 5 puntos del PBI; el gasto pasó de 19% a 14%. La macro está ordenada, más allá de matices”, analizó.
Asimismo, valoró positivamente la política monetaria y la apertura económica, aunque consideró necesario avanzar en la eliminación de algunas restricciones. “La desregulación va en el camino correcto: Argentina estaba sobrecargada de regulaciones”, resumió.
Bajo este panorama, Cohen aportó una mirada desde el frente externo, a partir de su participación en el Argentina Week en Nueva York.
“La receptividad fue muy positiva y, en muchos casos, sorprendente”, señaló. También destacó el respaldo político y diplomático de Estados Unidos: “El mensaje fue claro: es el momento de invertir en Argentina”.
Según explicó, ya se anunciaron inversiones que podrían canalizarse a través del RIGI, principalmente en energía, minería, agro y economía del conocimiento. Sin embargo, advirtió sobre un contexto global desafiante: “Hay inflación a nivel mundial y mucha volatilidad. Lo que pasa afuera impacta directamente en Argentina”.
EL DESAFÍO: GENERAR PROYECTOS
Con todo este análisis de la situación general, Piazzardi puso el foco en que el principal cuello de botella no está en la macro, sino en la falta de proyectos estructurados.
“No hay proyectos listos para recibir inversión. Están faltando los ‘ADBlicks’”, afirmó. En su visión, el agro aún arrastra una lógica antigua: “Se quedó pegado a una forma vieja de hacer las cosas, pero ahora se está tocando otra música”.
Si bien reconoció que la macro empieza a mostrar señales de estabilidad y que los inversores internacionales vuelven a mirar al país, advirtió que el sector no está preparado para captar ese capital.
“Cuando los inversores decidan avanzar, pueden encontrarse con que no estamos listos”, alertó.
Como ejemplo de un déficit sectorial, Piazzardi hizo foco en que si bien el agro invierte anualmente unos U$S 30.000 millones en producción de granos, solo el 10% cuenta con financiamiento bancario. “Necesitamos una banca especializada, algo que se viene reclamando desde hace décadas”, señaló.
Además, planteó la necesidad de avanzar hacia un modelo basado en productividad con valor agregado. Al respecto, mencionó el crecimiento de cultivos como carinata, camelina y colza, vinculados a la producción de biocombustibles.
“Se viene una revolución enorme y no tiene sentido seguir compitiendo con Brasil en commodities”, remató.
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EL NUEVO MODELO DE NEGOCIOS DEL AGRO
Con todas estas puntas de análisis, otro de los consensos del encuentro fue que el agro atraviesa un proceso de reconfiguración que obliga a repensar los modelos de negocio.
Demicheli señaló que la producción a gran escala, especialmente en agricultura, enfrenta el fin de ciertas distorsiones que permitían sostener márgenes a partir de brechas cambiarias o alquileres sobredimensionados.
En este nuevo escenario, el foco vuelve a la productividad, la eficiencia y la gestión. Esto implica profundizar la transformación digital, mejorar los planteos productivos y optimizar la logística para sostener la competitividad.
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En paralelo, comienzan a surgir oportunidades en los eslabones intermedios de la cadena —el llamado “second tier”—, vinculados a servicios, tecnología y soporte productivo.
También se abren espacios de crecimiento en la ganadería, la profesionalización de la agronomía y la incorporación de tecnología aplicada.
“Estamos entrando en una etapa donde el valor ya no pasa solo por producir, sino por cómo se produce. La eficiencia y la innovación van a marcar la diferencia”, concluyó.

