A unos ocho kilómetros de Coronel Pringles, por la ruta 85, la Estancia La Legua volvió a ser punto de encuentro de clientes y amigos de la casa. El “Remate de Primavera” terminó con 555 animales vendidos sobre una oferta de 360 hembras y 200 toros, entre pedigrí y puro controlado.
La subasta, que llegó a su edición 54 sin interrupciones, se volvió un clásico del calendario ganadero. Este año, concurrieron 343 personas de diferentes localidades.

En su Remate de Primavera anual, La Legua vendió por $35 millones a Épico, un importante toro colorado del plantel que estuvo dentro del galpón.
Y es que el nombre funciona casi como una marca registrada que tracciona la venta. Aunque en la compañía tienen claro que vender es la “parte fácil”.
“Los reproductores son buscados, la parte difícil de una compañía que trabaja con reproductores y genética es mantenerlos”, explicó Julio Fritz, su encargado, sobre la implicancia de buscar alternativas todo el año para evolucionar.
En este caso, el volumen que salió a la venta inclusó llamó la atención de la Asociación Argentina de Angus durante el remate. Pero Manuel Lanusse, que participa de la subasta desde hace 13 años y que compartió por primera vez el martillo con Gananor Pujol, dejó en claro que no es novedad: “Es un volumen muy importante, como el que acostumbra a ofrecer La Legua en primavera”.
DE LAS LOMAS A LA LEGUA
Pero la historia de la familia en Pringles empezó hace más de 100 años, en 1922, cuando los Badaracco compraron su primer campo en el partido, “Las Lomas”.
Recién en el 70 adquirieron La Legua y, tres años después, hicieron el primer remate. Eduardo Sigmaringo creció en ese mundo. “Desde chico uno incorpora y se mimetiza con la genética y la forma de trabajo”, explicó.
En ese camino, la compañía registró algunos hitos importantes, como la primera importación al país de Polled Hereford en el año 1975 (entonces, de unos siete toros). Cuatro años después, la apuesta fue todavía más grande: un avión entero cargado con 85 animales (en su mayoría vaquillonas). “Creo que nadie lo hizo, por lo menos en la Argentina”, rememoró Eduardo sobre esa importación que produjo un vuelco importante para la cabaña.
Ese recorrido tuvo también su golpe. En 1996 murió de forma repentina su tío, Carlos Corna, quien presidía la compañía. “En esos años estábamos unidos y la empresa era todavía más grande”, recordó. Eduardo tenía 30 años. “Después, lo que vino fue la responsabilidad”, agregó mientras caminaba entre los corrales, minutos antes del esperado evento.
Para cuando tomó el mando, uno de los hitos más trascendentales ya había sucedido. Fue el 1991, cuando compraron una fracción del campo “La Lía”, en el partido de Guaminí, donde empezó la cría de Aberdeen Angus negro y colorado.
Hoy, se nota “a la legua” que esa operación fue un sello marcado a fuego para la “fábrica”.
Aunque la empresa ya venía configurándose y creciendo. Quizás por eso, Sigmaringo se corrige rápido cuando habla de la responsabilidad y dice: “Nada de lo que ocurría no lo estábamos sabiendo”.

Eduardo Sigmaringo es cuarta generación de la empresa familiar. Foto: Belén Sigmaringo.
Finalmente, en 2005 y tras una escisión familiar nació Compañía La Legua S.A., a cargo de la cabaña y del banco genético. Con el tiempo se expandió al norte salteño con “Las Lomas” y a Formosa, con “La Gloria”, el último campo adquirido que funciona como un nodo estratégico de conexión con Las Lomas, para complementar la producción de ambos campos.
EL BANCO GENÉTICO, A PULMÓN PRIMERO
Hoy, La Legua hace punciones y extracción de ovocitos a las mejores vacas para fertilización in vitro (FIV) y los embriones van a receptoras que crían hasta el destete, dentro de un esquema de ciclo completo.
Lo hacen con el Banco Genético La Legua —entonces el Centro de Inseminación Artificial La Legua—, que funciona desde 1976 y fue inaugurado por Rubén Allostegui y Horacio Daguerre. Luego, se sumó el médico veterinario Guillermo Ramos, quien cumplió este año 50 años en la compañía y actualmente dirige el centro.

Los reproductores del banco genético se reparten entre los dos grandes eventos de la firma, el remate de otoño y el de primavera. Foto: Belén Sigmaringo
Al principio, el semen se congelaba en un termo madre de 140 litros de nitrógeno. Recién en 1986, cuando se incorporó una máquina automática con impresora incluida, el sistema se simplificó hasta llegar al esquema que se usa hoy. El congelamiento quedó en manos de una incorporación reciente, —un muchacho entusiasmado por la labor, dicen— Julián Riad.
Al presente, la forma de criar de la compañía se basa en la productividad, rusticidad, volumen, adaptación y fertilidad.
Según Sigmaringo, “una vez que tenés esas cosas, cuesta un poco más mantenerlas en el tiempo”.
La búsqueda genética también acompaña los cambios del mercado. “La evolución con las exportaciones trae un nuevo concepto de novillo y del sistema pastoril que requieren de adaptación”, explicó.
Eso todavía implica —aunque menos que antes—, buscar en Estados Unidos líneas que encajen con el planteo de La Legua en la Argentina. En esa selección, la firma fue tomando decisiones estratégicas para el negocio, como la liquidación completa de toda la hacienda Polled Hereford.
En el día a día, el campo está a cargo del médico veterinario Julio Fritz, quien llegó con una mochila cargada de 18 años de experiencia previa en la administración de otro campo (aunque ya conocía a la empresa como cliente).
Junto a su mano derecha, “Nacho”, verifica todos los días el estado de los animales y coordina los trabajos en la época de inseminación. En la época de parición, corrobora la identidad de cada ternero para sostener la trazabilidad que caracteriza al rodeo: unas 3.500 madres en Buenos Aires, 1.200 de ellas en Coronel Pringles.

Julio Fritz (encargado de La Legua) y Juan Cruz García (encargado de La Lía y La Cuadrada). Foto: Belén Sigmaringo.
DETRÁS DE LA CABAÑA, SU GENTE
De los 35 empleados que la compañía tiene entre sus cuatro campos, 15 viven en Coronel Pringles para poder atender la demanda de la cabaña; algunos, viven en el mismo campo. La mayoría son pringlenses, pero también hay trabajadores de Formosa, Chaco y Corrientes, muchos de ellos hombres del monte que llegaron a la zona buscando mejores condiciones laborales.
Esa vida de campo incluso tiene su escuela. Dentro de las instalaciones funciona la Escuela N.º 35 “Yapeyú”, de nivel primario y con jardín. Abrió en 1967, cuando la apuesta por la educación rural era fuerte y los caminos —hoy mejorados y empedrados— eran mucho más difíciles de transitar. Recibe entre 12 y 14 alumnos, la mayoría del mismo predio o vecinos.
“Muchos de los niños que hoy asisten son hijos de empleados de aquí”, contó Fritz, quien tiene a su cargo la contratación del personal.

Muchos de los alumnos que asisten a la escuela Yapeyú en La Legua, permanecen en Coronel Pringles para trabajar allí. Foto: Belén Sigmaringo.
LA GANADERÍA QUE VIENE
Antes de la clásica editorial previa al remate, Eduardo habló con Infocampo sobre un viejo anhelo del sector: “Los ganaderos siempre soñamos con esa ganadería explosiva, el valor de la carne argentina y el posicionamiento en el mundo”.
Entonces, recordó algunos chispazos muy buenos: en 1972, 1973, 1987 y 1996. Pero esta vez cree que el escenario es más sólido, porque se combinan varios factores a la vez: la baja del stock mundial y la creciente necesidad de proteína animal de una población en aumento.
“El stock no es una fábrica; se hace con las vacas”, reflexionó. Y planteó el compromiso de trabajar y producir más para sostener esos mercados. “La genética es la punta de la pirámide que derrama hacia los rodeos, las cabañas más chicas, los criadores y el novillo”.

En Pringles todavía hay trabajadores de 40 y 50 años de antigüedad. “Solo no se puede”, dijo Eduardo Sigmaringo sobre la necesidad de apoyarse en las personas para que “las cosas sucedan”. Foto: Belén Sigmaringo.
También confía en que los jóvenes revolucionen el campo con la inteligencia artificial. “Es impresionante el progreso y la cantidad de información que puede procesarse en minutos a nivel campo general, como semillas, pasturas y cultivos”, dijo.
Pero marcó un límite: “AL caballo, la recorrida o la asistencia de los partos no las vamos a sustituir; será con gente más capacitada en estos términos”.
Consultado sobre cómo ve la cabaña hacia adelante, dibujó una hoja de ruta clara: “Hay que afianzarse en productividad genética, en la marca consolidada y pensar en la importancia de los novillos en la ganadería”.
Comentario que tiene una razón de ser: hace años la compañía tenía un conjunto importante de novillos, pero priorizó la genética. Por eso, compartió: “La parte de novillos es algo que tenemos en la cabeza para el corto plazo”.
Esa pirámide de la que habla Eduardo tiene nombres propios, los de los clientes que acompañan desde aquel primer remate de 1973. Cabañas como La Camila, de Olavarría, o Santa Rosa, de Indio Rico (la de los campeones Mateo y Álvaro), comenzaron su plantel con vacas de La Legua.
Ahora, además, esa genética se adapta a nuevos ambientes: desde su campo en Salta, la compañía cría Brangus y Braford, razas sintéticas que ganan terreno en los campos marginales. Es otra forma de seguir haciendo lo mismo que hace más de 50 años: genética pensada para el productor.

