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Aseguran que en el Sur el perro arrasa con las ovejas

Tierra del Fuego es el caso extremo. En 14 años se perdieron 200.000 ovinos. Hay “cimarrones” en todo el territorio.  

29.12.2014
Infocampo
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En Tierra del Fuego, cerca del fin del mundo, no existe actividad más tradicional que la cría de ovejas.  Surgió hace 120 años y de ella depende parte importante de los habitantes de la isla. Los perros se convirtieron en una pesadilla para ellos, la peor de las plagas.  

No todos, claro, sino los salvajes o cimarrones. El nombre correcto es el de “perros asilvestrados”: sus dueños los abandonan y ellos vuelven a vivir como sus ancestros, los lobos.  

“En los últimos años se han perdido más de 100.000 lanares por culpa de esos perros”, dice Lucila Apolinaire, de la Asociación Rural fueguina. Se queda corta. Según datos oficiales, la provincia inició el milenio con 522 mil ovinos, pero ahora solo quedan 326 mil. Son 200 mil ovejas menos.    Coincide esta debacle con la aparición del problema de los canes, a su vez ligado al crecimiento demográfico que trajo la industria ensambladora de electrodomésticos.  Las familias van y vienen, y mucho perro queda solo. Las majadas que pastan sin custodia sobre enormes campos les resultan irresistibles.  

“Los perros están ahí afuera. Se alimentan, reproducen y matan innecesariamente cada día. Como en un juego persistente, arruinan el trabajo del hombre”, se lamenta el ingeniero Sebastián Cabeza. Por cierto, fieles a su instinto lúdico, esos perros atacan más ovejas de las que necesitan. Juegan con la muerte. Una pareja de canes pue- den matar de 3 a 4 ovejas por día: 150 kilos de carne y vísceras de los que consumen 10%. Otros carroñeros hacen fila por los despojos: chimangos, cóndores y zorros.  

Según la Dirección de Ganadería local, en 1990 había cimarrones en solo dos estancias de la isla. Al cabo de la campaña 2012/13, y rastrilladas 903.805 hectáreas, se detectaron “nidos” de cimarrones en 69% de la superficie. Solo 6 de los 40 establecimientos de la isla quedan a salvo. Por eso el Consejo Provincial de Medio Ambiente declaró la “emergencia” y considero a los perros “especie exótica invasora”. Por ahora, pura retórica: sin acciones concretas el problema persiste.  

Michel Marlow, del Servicio de Vida Silvestre de EE.UU., investigó el caso en marzo pasado y sus recomendaciones fueron francas y directas: autorizar la caza, el uso de trampas, los cercos eléctricos, los tóxicos químicos legales y hasta la caza aérea desde un aeroplano.  

Los ganaderos culpan de la proliferación de los perros salvajes no solo a quienes los abandonan sino a los políticos, que se muestran temerosos de tomar medidas que pudieran ofender a los defensores de los animales (de perros, no de ovejas). En el sur de Chile, las jaurías matan unos 50.000 ovinos por año y en febrero se autorizó la matanza de los canes. De inmediato, desconocidos atacaron la sede del Ministerio de Agricultura en Punta Arenas con bombas molotov. “No al genocidio de nuestros hermanos animales”, decían sus panfletos. 

En condiciones normales, por el crudo invierno la mortandad de ovejas adultas ronda de 3,5 a 4% del rodeo. Pero puede crecer hasta 20% en los campos afectados por los perros. En esos casos, la “señalada” desciende además a 40% de las ovejas esquiladas. “Implica una pérdida de 50% en la cantidad de corderos”, dice un informe del gobierno fueguino.  

Según publicó Clarín, para probarlo, se estudió la estancia Guazú Cué, una de las más tecnificadas, entre 2000 y 2012. Los primeros siete años sin perros, los otros seis con los depredadores.  

El resultado fue que los ingresos por las ventas de lana y carne se redujeron 26,3%. Nada menos. Con matices, esta postal se repite en toda la Patagonia e incluso llega a Buenos Aires: en junio 25 ovejas preñadas aparecieron mutiladas en Coronel Pringles.  

En Tolhuin se alza la bella estancia Rolito. Allí ensayaron de todo para hacer frente a los perros.  

Finalmente decidieron volcarse a negocio del turismo rural y comenzaron a achicar el lanar mientras incrementaban el ganado bovino Hereford, algo más resistente a los ataques de los perros, pero no tanto al frío crudo del fin del mundo 

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