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Los “locos de la stevia”: una pareja de cordobeses que logró lo imposible en Río Cuarto

Contra viento y marea, dos jóvenes avanzan con un emprendimiento innovador único en la zona: cultivar el endulzante de moda.

22.12.2020
Facundo Mesquida
Facundo
Mesquida

Periodista

En nuestra sección “Pan de Campo” una vez más las historias del agro hablan por sí solas. El sueño, el esfuerzo y el trabajo como bandera. El paso a paso más real posible como vínculo directo con el entorno que muchas veces hace posible lo imposible.

En este caso, una pareja de Río Cuarto pasaron del estudio como técnicos de laboratorio a poner en práctica sus conocimientos. El entorno les decía que no podían hacer lo que querían, pero ellos no bajaron los brazos y siguieron para adelante.

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Empezaron endulzando dulces caseros con que llevaban de la provincia de Misiones, pero con el tiempo lograron implementar una técnica de siembra que les permite producir su stevia en Córdoba, algo único para la región dado las condiciones climáticas que necesita el cultivo. Hoy, elaboran distintos productos y siguen luchando para crecer.

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Los locos de la stevia

Dante Díaz y Maira Centeno son dos jóvenes cordobeses, de la localidad de Río Cuarto, al sur provincial. Ambos estudiaron en la Universidad de Río Cuarto y son técnicos de laboratorio. Gracias a esa formación, tienen conocimientos en materia de semillas y análisis, siempre vinculados con la química. Están juntos desde el 2013, cuando también comenzaron con su emprendimiento al que llamaron “Productos Artesanales San Expedito”.

“Cuando me recibí no conseguía trabajo, entonces empezamos a hacer unos dulces endulzados con stevia, pero la comercial. Recuerdo que al principio comprábamos la stevia en el supermercado y la fruta en la verdulería. Fue un inicio muy básico, empezamos haciendo seis frascos. Era todo muy chico, así que nunca imaginamos llegar a esto”, cuenta él.

No fue sencillo, porque en la zona la stevia no era muy conocida, no sólo por la poca inserción del producto (que se da en todo el país en general), sino porque tampoco se trata de un cultivo propio de la zona, que tiene clima frío y mucha amplitud térmica. Casi por casualidad, hablando de lo que estaban haciendo con un compañero del gimnasio, les sugirió contactarse con Marcos Olocco, que los acercó a la Federación Agraria Argentina.

“A partir del vínculo con FAA, todo fue creciendo. Porque logramos relacionarnos con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), especialmente con el programa , dado que somos un emprendimiento de la agricultura familiar y hacemos producciones agroecológica…. y empezamos a participar de la Mesa de Articulación que existe en nuestra zona. Así recuperamos el contacto con nuestra Universidad, a través de un profesor de Bromatología llamado Arnaldo Solteman, que habíamos tenido en la carrera. Él estaba investigando el medicinal de la planta de stevia, así que surgió la idea de comprar stevia y empezar a envasarla”, recuerdan.

Traían el producto de Misiones o , pues se trata de un cultivo de climas cálidos y húmedos. “La verdad es que no era una stevia de calidad. Venía mezclada con otras hojas, así que, de a poco, nos fuimos interiorizando en el producto y en todo lo vinculado con el campo, gracias a FAA y al INTA. Teníamos necesidad y buscábamos información, porque pensábamos ¿por qué no poner stevia en Río Cuarto? Y todo agrónomo nos decía que era imposible, nos decían que no se podía, salvo ese profesor. Frente a eso, nosotros dijimos ‘sí lo vamos a poner’. Fue feo al principio, porque no nos creían. Ahora somos los locos de la stevia de Río Cuarto”, cuentan, risueños.

Así, con menos de 30 años cada uno, comenzaron a vincularse con el entonces llamado Centro Juvenil Agrario 11 de septiembre. De ese modo pudieron ir por primera vez a la exposición Rural de Río Cuarto.

“Era un sueño para nosotros. Veníamos de estar con una mesa muy chiquita con la que nos poníamos a vender nuestros productos en pequeñas ferias. Cuando pudimos acceder a estar en la mesa de Federación Agraria Argentina en la Rural, fue un sueño cumplido”, aseguran. En ese entonces seguían comprando la stevia de la Mesopotamia: “De sólo recordarla nos reímos, era picada y marrón. Ahora, que sabemos lo que es el producto que hacemos acá, que es un polvo verde, con un gran dulzor, podemos comprender la calidad de lo que nos vendían”, agregan.

Con el dinero que ganaron de las ventas en esa gran exposición, lograron dar un paso más, y surgió otro emprendimiento: decidieron hacer estampado en ropa con serigrafía. “Quién iba a decirnos que, con el tiempo, todo se fusionaría y que hoy estamos produciendo y estampando las bolsas en las que entregamos nuestros productos, así que el gasto de embalaje es mínimo, y su producción, artesanal”, señala Dante y cuenta que ese proyecto les permitía comprar insumos (frascos, frutas y hasta la stevia).

“Esa venta nos ayudó un montón, hasta ahí hacíamos el dulce en ollas. Era difícil porque hacer el dulce con stevia, al no tener azúcar, tiene un rinde mucho menor que el dulce tradicional. Y nosotros en ese tiempo no teníamos mucha idea de lo que era un costo, de lo que era un canva (NdE: un afiche que se hace para aprender de ideas de negocios) ni muchas otras cosas del proceso productivo”, precisa.

Entonces decidieron empezar a hacer cursos, que ofrecía la Municipalidad local. Ese aporte público les permitió aprender muchas cosas. “Hasta que participamos de un curso de jóvenes emprendedores. Al principio eran 100, pero quedamos primero entre 50 y finalmente fuimos semifinalistas, quedamos entre los 4 proyectos más destacados. Así nos conocieron un poco más, al tiempo que nos dimos cuenta de que había que retroceder e ir un paso atrás, porque la gente no conocía la stevia. Así fue que empezamos a vender la hoja de stevia. Seguía siendo la que comprábamos, que la embolsábamos. Tiempo después avanzamos hasta los productos que vendemos ahora: hojas picadas, hojas seleccionadas, hojas mezcladas con hierbas, con yerba y extracto. Dulce hacemos muy poco, porque los nuevos productos nos dejan más rentabilidad. El extracto, por ejemplo, es muy distinto al que se vende en general, que es una tinta negra. Es lo que a la gente más le gusta, más empieza a conocer”, relata Dante.

Así se consolidó la idea de poner plantas. Al principio, a través de la articulación con la Universidad de Río Cuarto. Cuenta Díaz: “La Facultad de Ciencias Agrónomas de la Universidad tiene un predio y en el frente cuenta con toda una parte de tierra que es libre de químicos, adonde se hacen ensayos agroecológicos. A partir de la relación que teníamos, nos permitieron poner de manera experimental stevia con silobolsas. Eso nos permite aumentar la humedad del suelo y preservar a las plantas del clima. Esto fue hace más de dos años, así que esas plantas (que seguimos teniendo) ya nos dieron un montón de cortes”.

Y de ese modo, a través de ese ensayo que les permitieron e incentivaron a hacer desde la Universidad, junto con el profesor investigador Solterman, lograron lo que nadie creía posible: cultivar stevia en Río Cuarto.

Consiguieron que esta planta se adaptara al clima de la zona, ahorrando agua y ayudados por el propio sistema, porque en lugar de aplicar químicos para matar malezas, el silobolsa cumple esa función. Además, tienen que desyuyar muy poco a mano, porque solamente sacan las partes de la planta que salen de los orificios del plástico, en un sistema similar al que se utiliza para cosechar frutillas. “Después de haber logrado que las plantas prendieran y crecieran, nosotros compramos el excedente de la producción y la otra parte va al laboratorio de la universidad, donde usan el producto para hacer ensayos que buscan matar bacterias y hongos con el extracto de stevia”, agrega Dante.

El proceso que llevan adelante es completamente artesanal. Relata Maira: “Cultivamos, cosechamos, regamos y cuidamos las plantas. Y una vez que tenemos las hojas listas y secas lo que hago yo es seleccionarlas a mano para empaquetarlas y hacerles moliendas”.

Paralelamente, él continuó formando parte de la Mesa de Articulación del INTA, en representación de FAA. Ese ámbito también es conformado por representantes de la municipalidad de Río Cuarto, el ministerio de Agricultura y Ganadería de la provincia de Córdoba, la universidad, colegios y productores de la zona. “En ese espacio surgieron muchas cosas, como por ejemplo la posibilidad de estar en la carpa que el gobierno de la provincia de Córdoba monta en las rurales y exposiciones del sector, dentro y fuera de la provincia. Además, así también nos enteramos de los créditos que ofrecía el ministerio, que tomamos y nos permitieron crecer”, señala él.

El crédito al que alude estaba incluido en la línea “Familia emprendedora rural”, otorgado por dicha Cartera provincial a través de la Fundación Banco de Córdoba para “fortalecer sus actividades agroalimentarias actuales o iniciar nuevos proyectos”. En el caso de esta pareja, les permitió obtener un crédito a 24 meses, a tasa 0, que utilizaron para comprar insumos y un extractor de aceite de aromáticas. “Nos quedan pagar algunas cuotas, pero gracias a eso pudimos dar un salto en lo que hacíamos”, indica Dante.

Asimismo, en el ámbito de esa Mesa conocieron a la empresa Bioetanol Río Cuarto S.A., conocida como Bio 4, que produce bioetanol a partir del maíz en la zona, y como parte de sus acciones de RSE cuenta con el “Programa Huerta Sustentable”, junto con el gobierno local a través de Fundación Social Río Cuarto, que permite insertar al sistema productivo familias en condiciones vulnerables a través de la producción de verduras agroecológicas”.

En ese ámbito no utilizan químicos, así que cuando supimos de esto, que estaba destinado a familias carenciadas y grupos participativos para que pudieran trabajar allí, decidimos sumarnos. Lo hicimos como un grupo, en el que cada uno producía cosas distintas, y nosotros, por supuesto, pusimos stevia. Firmamos un convenio con la empresa y obtuvimos así una parcela. Es un pedacito de tierra, pero con lo que nosotros producimos y el agregado de valor que le damos nos alcanza y nos sobra”, cuenta Dante.

A la fecha, como el lugar es algo distante, y las condiciones de trabajo eran bastante duras, varios de los integrantes abandonaron el grupo. Pero Maira y él siguen produciendo en ese espacio de alrededor de 100 metros por 20 metros. “Es un espacio que para quien produce verduras puede ser chico, pero para nosotros está perfecto. Además, ponemos menta, cedrón y todo lo que son aromáticas, que las usamos luego para mezclar y hacer stevia saborizada para el mate, por ejemplo, que tiene una mezcla de hierbas serranas endulzadas con stevia”, agrega ella.

En ese espacio también emplean la técnica del silobolsa. “Ahora probaremos en invierno qué pasa con una especie de invernadero antiheladas que hicieron en la huerta; así que estamos poniendo unas plantas, porque en la zona el clima es fuerte. El frío es intenso acá y tenemos un cambio de clima tremendo”, señala él.

Las de Córdoba

Por otro lado, la provincia de Córdoba cuenta con el Programa Provincial de Buenas Prácticas Agropecuarias (BPAS), que “tiene como objetivo incentivar a los para que implementen prácticas que fortalezcan la sostenibilidad del sistema agroalimentario. Asimismo, posicionar a la Provincia de Córdoba como una referencia en la adopción regular y sistémica de BPAs en el sistema de producción, contribuyendo al desarrollo sostenible”. El emprendimiento San Expedito participa por segundo año del mismo.

Cuenta Dante: “Accedimos a los BPAS en 2018 y en 2019 de nuevo. Realizamos los cursos que proponían, todos relacionados a lo que hacemos en el emprendimiento. Para nosotros fue un aporte muy grande. De hecho, además, desde lo económico nos permitió terminar la sala de elaboración. El aporte que te da el programa depende de lo que hayas hecho; nosotros estábamos en FAA, participábamos activamente en Fericambio (que es una feria grande que se organiza), realizamos cursos de semillas, de aromáticas, de calidad de la tierra, entre otros. Nosotros estamos adheridos como cero químicos, nuestra producción es totalmente agroecológica. Como decía, con el aporte de BPAS, a principio de año pudimos terminar la sala. Estábamos tramitando el número de registro, para avanzar en la formalización, y empezó todo el problema de la pandemia, así que se cerró todo. Cuando la situación se regularice, finalizaremos esos trámites”, cuenta Dante.

Y agrega Maira: “Hasta ese momento, la producción la hacíamos toda en una pieza en casa, como todos los pequeños productores. Pero nosotros queríamos salir de las ferias y vender en comercios, así como también asistir a la feria que se realiza en Buenos Aires llamada Caminos y Sabores. Por todo lo que habíamos aprendido, sentíamos el impulso y las ganas de seguir creciendo, pero aún no teníamos número de registro. Igualmente nos presentamos y mostramos nuestro caso, porque queríamos ir. Nos eligieron y pudimos estar. Y eso también nos ayudó mucho económicamente con las ventas y que nos conocieran. Arrancamos a armar la sala que pudimos terminar de poner los pisos con el dinero del primer año de las BPAS”.

La sala de elaboración la armaron en el primer piso de su casa. Hasta el momento tienen tres habitaciones, donde trabajan ellos dos y a veces reciben la ayuda de la madre de él o las hermanas de ella. “La sala la hicimos toda plástica, con pvc, porque lo que hacemos genera mucho polvillo, porque se pican las hojas. Antes las picábamos con una procesadora chica, de hogar, y con el aporte de las BPAS del segundo año pudimos comprar una chipeadora de hojas, que es una máquina para picar más grande, que nos permite que en un ratito hagamos todo. Con ese proceso, se genera mucho polvillo, así que, al hacer la sala con plástico, es muy sencilla de limpiar: se lavan hasta las paredes, después se les pasa alcohol al 70% y queda todo impecable de vuelta”, cuenta Dante.

Ser o no ser orgánico

Al momento, el emprendimiento no tiene certificación como orgánico, pero es algo con lo que la pareja sueña. Sin dudas, su producción lo es. Y el primer paso de formalización en este sentido ya lo dieron: “En diciembre pasado, participé de una mesa de desarrollo agroecológico acá, en Río Cuarto, donde quedó explicitada la idea de avanzar en la generación de una marca agroecológica. Porque antes de obtener el sello orgánico debe haber un manejo agroecológico que es muy difícil de cumplir en el caso de las producciones chicas. Por ejemplo, te piden que hayan pasado cinco años de producción. Entonces, la idea es avanzar con un sello tipo “Producto agroecológico de Córdoba”, como un primer avance. Este año tuvimos algunas reuniones, de las que participé en representación de FAA. Estamos convencidos de que es una buena manera de avanzar”, señala Díaz.

Y aclara Maira: “Nosotros producimos sin químicos. Por eso donde vendemos no queremos que pongan nuestra stevia junto con la artificial o ‘plástica’. Si ves nuestro producto, que lo vendemos en frasco de vidrio, es negro. Y conserva todas las propiedades buenas para la salud de la stevia, la otra no creemos que pueda decir lo mismo. Por eso siempre apuntamos a eso, a poder lograr algún día la certificación orgánica”.

Para hacerlo, no sólo se trata de producir sin químicos. Estos jóvenes (como tantos otros) necesitan del apoyo del Estado, para hacer realidad un sueño mayor: “La única manera de poder certificar es poder tener nuestro propio terreno. Así fuera algo chico, una hectárea, no importa, pero que sea nuestro. Nosotros siempre apuntamos a eso. Trabajamos incansablemente para llegar, y si pudiéramos pedir algo al Estado, o a alguna institución, es que nos puedan apuntalar o darnos el empujón que necesitamos para poder acceder a un campo, para producir propio. Porque donde estamos ahora, más allá de que no nos cobran, sigue siendo de otro, así que puede pasar que un día nos digan que nos vayamos, y perdemos todo lo que hicimos. Por eso cuando podamos tener algo propio, nuestra tierra, certificaremos todo. Porque ahí ya sabríamos que el campo es nuestro, lo trabajamos nosotros y estamos seguros de que todo lo que hacemos ahí es orgánico, ya sean alimentos, medicamentos o lo que sea”, sueña Dante.

Diversificarse y aprovechar las crisis

Además de los productos que hacen con stevia, la pareja muestra orgullosa “los otros productos” que fueron desarrollando en estos años. Destacan los mates de calabaza, que también son de su huerta y tallan a mano, que se suman a los dulces, las hierbas y las distintas presentaciones de su producto estrella. Pero un párrafo aparte merecen las bolsas y todo el packaging que emplean para presentar sus productos. Como se dijo, las estampan ellos mismos, con los elementos que habían adquirido para su emprendimiento anterior, de serigrafía. Maira es la encargada de coserlas, por lo que todos los productos de San Expedito sean verdaderamente artesanales.

Por otro lado, en el marco de la pandemia por Covid-19, Dante hizo unos tapabocas (obligatorios para circular en casi todo el país) y les estampó el logo de la empresa (que también diseñaron ellos mismos). “Tenía permiso para circular, así que estaba repartiendo nuestros productos a los clientes con el tapabocas que hicimos nosotros y al que le estampamos la marca. En este momento también decidimos producir tapabocas, así que al repartir todas las cosas con la camioneta (a la que le pegué un logo que también imprimí yo con nuestra máquina de vinilo), la gente preguntaba y me permitía contarles de nuestro trabajo. Muchos eran o tenían familiares diabéticos que consumen stevia, por lo que esta crisis nos dio una oportunidad, y haber tenido la idea de los tapabocas nos sirvió para hacer publicidad en la ciudad para la stevia. Aumentamos bastante las ventas locales, porque mucha gente no sabía que éramos de acá o que producíamos stevia local”, cuenta Dante, divertido.

Sueños de futuro

Más allá de las anécdotas y las ocurrencias que les permitieron crecer, estos jóvenes tienen un objetivo claro: “Apuntamos, con la investigación que estamos haciendo en la Universidad, que en algunos años podamos avanzar hacia un producto farmacéutico, más de farmacia. Es decir, seguir produciendo orgánicamente para agregar valor en el producto que ofrezcamos a la venta. No sabemos si haremos un cambio total, o sumaremos esto a lo que ya estamos haciendo”, señala él. Y suma ella: “Ojalá que podamos lograr que la stevia no se use sólo para endulzar, para que se puedan aprovechar todas las propiedades que tienen”.

Por supuesto, ambos coinciden en el sueño mayor de poder contar con su tierra, para afianzar todo lo que hicieron y consolidar su emprendimiento, para hacerlo crecer.

Parecen sueños ambiciosos. Pero esta pareja con su empuje logró, contra todo pronóstico, sin tener campo ni un pasado como productores, introducir y producir stevia en Río Cuarto. Mientras todos se reían ante la idea, ellos trabajaron. Y lo hicieron posible. Como se ve a lo largo de este relato, el tesón, la voluntad y la laboriosidad están de su lado. ¿Por qué dudar que ‘los locos de la stevia’ podrán lograr esos anhelos y hacerlos realidad?

Estas historias de “Pan de Campo” llegan a Infocampo gracias al aporte invaluable de la Confederación de Organizaciones de Productores Familiares del Mercosur Ampliado (COPROFAM), la permanencia e historia de la Federación Agraria Argentina (FAA), y la pluma de Vanina Fujiwara, corresponsal de la Confederación en la Argentina.

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