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Control biológico: combaten hormigas con semillas de zapallitos

Investigadoras de la FAUBA redujeron hasta un 80% los daños de hormigas con el uso de un compuesto biológico extraído de una especie de Cucurbitáceas, familia de plantas a la que pertenecen los zapallitos.

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26.08.2019 | Por Xavier Hernández
Xavier
Hernández

Dos Investigadoras de la UBA, el INTA y el CONICET redujeron hasta el 80% de los daños que causan las hormigas en los campos del Delta del Paraná con una estrategia basada en el uso de extractos vegetales y en la gestión de la biodiversidad.

Patricia Carina Fernández y Daiana Perri trabajan en la cátedra de biomoléculas de la Facultad de Agronomía de la UBA. Ante la consulta de productores forestales del Delta, estudiaron alternativas para el control químico de las hormigas y aislaron un compuesto de semillas de Cucurbitáceaes, la familia de especie que alberga al zapallito. 

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Las investigadoras dialogaron con Sobre La Tierra, el medio de divulgación científica de la FAUBA y explicaron de que se trató este trabajo que fue publicado en la en la revista científica Entomologia Experimentalis et Applicata.

La hormiga es la plaga principal en la producción forestal del Delta del Río Paraná, donde afecta, sobre todo a los árboles más jóvenes. Para evitar los daños que provoca, y ante la falta de alternativas de control, se suelen usar cebos tóxicos que pierden su efectividad al humedecerse. Si las hormigas no se llevan el cebo al hormiguero antes de que se moje, sus principios activos —fipronil o sulfluramida— quedan en la tierra o se van a las aguas e impactan de forma negativa el ambiente”, explicó Fernández que además de docente es investigadora del INTA y el Conicet.

“Las hormigas aprenden a identificar los cebos. En principio, como su olor las atrae, lo recolectan y lo llevan hacia el nido. Cuando reconocen que les hace daño, dejan de recolectarlo”, resaltó Daiana Perri, quien comparte cátedra con Fernández y es becaria doctoral del Conicet.

Las prácticas culturales de los productores de la zona, no ayudan mucho. “Antes de implantar los árboles, los productores suelen aplicar herbicidas para evitar la competencia del cultivo con cualquier otra planta. Pero el campo ‘pelado’ es ideal para que las hormigas reinas construyan numerosos nidos nuevos. Por eso, cuando las colonias salen a buscar alimento, lo único que encuentran es ese árbol joven recién implantado y lo atacan” aseguró Fernández. 

“Ante esta situación, junto a Norma Gorosito, docente de la cátedra de Zoología Agrícola de la FAUBA, investigamos una estrategia de control llamada push-pull, basada en la combinación simultanea de dos estímulos, uno para alejar la plaga del árbol —repelente— y otro para dirigirla hacia otro sitio —atrayente—. Así logramos bajar el daño en los árboles hasta en un 80% y logramos el 100% de supervivencia, en comparación con la situación sin manejo de la plaga. Como repelente aplicamos un extracto vegetal y como atrayente dejamos crecer la vegetación espontanea de la zona para que esté disponible para las hormigas”, destacó Perri.

El repelente que utilizamos fue el farnesol, un compuesto químico que se extrae de las semillas de la familia botánica Cucurbitáceas —la de los zapallitos, por ejemplo—. Realizamos diversos ensayos para probar su efecto sobre las hormigas. Los resultados mostraron que al aplicar en simultaneo repelentes y atrayentes se obtienen mejores resultados que con cada uno de ellos por separado”, contó Perri. 

Fernández, agregó: “Con el farnesol obtuvimos mejores resultados de los que esperábamos, y esto en parte se debió al comportamiento de estos insectos, ya que aprenden muy rápido. Cuando se dan cuenta de que no pueden subir a los árboles, no gastan energía en tratar de subir de nuevo, siempre y cuando tengan otra opción para recolectar. En las producciones pudimos ver que el simple hecho de dejar crecer la vegetación espontánea como alternativa de alimentación reducía el daño en los árboles”.

“Una vez que alejamos las hormigas de los ejemplares implantados, se pueden aplicar insecticidas en sitios más reducidos o simplemente dejar que ataquen otras plantas. De esta forma disminuimos el daño en los árboles y, al reducir la superficie en donde usar el control químico, bajamos el impacto ambiental”, aclaró Fernández.

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