En el mundo del vino no son pocos los que defienden el potencial enológico de las uvas criollas, aquellas cuya genética es autóctona de distintas zonas de nuestro país y no corresponde a frutales traídos desde el exterior.
Por eso, más allá del reinado del Malbec en la Argentina y que esa uva encontró en el suelo cuyano su lugar en el mundo para alcanzar las mejores expresiones enológicas, existe una larga lista de variedades propias de nuestro país que a lo largo del tiempo le dejaron espacio en las fincas al arribo de otras especies, como las más conocidas: la propia malbec, cabernet sauvignon, cabernet franc, chardonnay, bonarda o merlot, por señalar algunos de los casos.
Por eso, desde hace décadas uno de los tesoros más importantes que tiene el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) está en Luján de Cuyo, a breves 13 kilómetros desde el centro de la capital mendocina. Allí se encuentra la “Estación Experimental Agropecuaria Mendoza”, donde está la colección de uvas más importante del Hemisferio Sur.
¿Cuál es la misión? Preservar la genética argentina, pero no solamente como una foto inmóvil, sino todo lo contrario, ya que los investigadores de allí investigan a diario entre las hileras y determinan el componente genético del cual se sirvió, y se sirve, una industria vitivinícola de avanzada como lo es la cuyana.
EL EMPUJE DE LAS CRIOLLAS
En ese camino, esta semana el INTA informó que se firmó un convenio con los Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (CREA) en pos de continuar con ensayos e investigaciones.
“Luego de 15 años de investigación, especialistas del INTA Mendoza consolidaron una colección única en el país, integrada por 70 variedades criollas diferentes y sus parentales, rescatadas de viñedos dispersos en distintas regiones”, explicaron.
Desde el INTA definieron a las uvas criollas como “un patrimonio genético local”.
“Para impulsar su potencial enológico, un equipo de especialistas del INTA Mendoza trabaja en la caracterización completa de 20 variedades de mayor potencial para la elaboración de vinos”, explicaron, a su vez que informaron que el acuerdo con CREA tiene por objetivo avanzar en “alternativas enológicas”.
“Al tiempo que buscan conformar una asociación de productores y elaboradores de variedades criollas”, determinaron.
Uno de los casos virtuosos de la cercanía entre el INTA y los productores es de la familia Niven, propietaria de una finca en el “Este” mendocino, en San Martín. Allí poseen viñedos centenarios de uvas criollas y una bodega en la cual elaboran vinos provenientes de esa materia prima. Lucas Niven es el enólogo de la compañía familiar que posiciona actualmente el potencial comercial de las uvas criollas.
“Lucas es uno de los propietarios y enólogos de la bodega que ha participado activamente de un trabajo de investigación que arrancamos en 2011, que es la recuperación y puesta en valor de cepajes autóctonos, llamados comúnmente ‘criollas’. Las fuimos identificando y poniendo en valor. Porque eran mal vistas”, explicó Gustavo Aliquó, ingeniero agrónomo especialista en vitivinicultura del INTA.
A su vez Santiago Sari, investigador del INTA Mendoza, detalló que estudian el aporte de las uvas criollas en todas las dimensiones agronómicas y químicas necesarias para enriquecer la oferta vitivinícola nacional.
“Elegimos las 20 variedades que demostraron mayor potencial. Las caracterizamos desde la fenología y los componentes del rendimiento hasta la composición química de la uva y del vino: compuestos aromáticos y fenoles”, explicó.
Las uvas criollas, un patrimonio argentino para revalorizar y que “aún tiene muchísimo para dar”
Un paso clave es el análisis sensorial de los vinos experimentales elaborados en la bodega del INTA, que está en la Estación Experimental de Luján de Cuyo. De las 20 variedades en estudio, 11 son blancas, 4 tintas y 5 rosadas.
“Eso anticipa una diversidad enológica capaz de abrir nuevas oportunidades para productores y elaboradores”, aseguraron.
CONVENIO CON CREA
INTA informó que el principal motivo de la firma del convenio con CREA tiene que ver con la idea de “multiplicar e implantar cuatro variedades”.
Se trata de:
- Andina
- Anís
- Balsamina
- Criolla chica
“Los productores pudieron comprobar que los vinos obtenidos alcanzan buenos niveles de calidad, lo que confirma el valor de ampliar la mirada hacia cepas históricas”, indicó Sari luego de que este año se cosechara por primera vez y se vinificara el material.
“Estamos en la etapa final. Son más de diez productores que decidieron organizarse y a quienes acompañamos en todo lo referente al estatuto y al reglamento. Ya nos han ayudado incluso en la organización del V Encuentro de Vinos y Variedades Criollas y Ia Feria de Vinos de Criollas”, cerró Jorge Prieto, investigador del INTA.

